domingo, mayo 22, 2005

 

Manifiesto Europa

A CONTINUACIÓN SE PUBLICAN SEGUIDAS LAS VERSIONES EN ESPAÑOL E INGLÉS
a) versión en español
Manifiesto:Masdemocracia

Qué somos
Un grupo motor de pensamiento que pretende actualizar el socialismo en España y en Europa.

Qué queremos
Ser una plataforma que aspira a generar peso orgánico suficiente capaz de transformar la realidad.

Qué ofrecemos
La actualización del socialismo europeo maximizando el uso de nuevas tecnologías para mejorar la participación, la organización, la transparencia, y el control ético.

Proponemos instrumentos virtuales para eliminar barreras de distancia, tiempo, fronteras e idiomas.

Acción propuesta
La adhesión y la participación, en su principio a través de masdemocracia, hasta la creación de una red de nuevos espacios virtuales con otras federaciones y países de toda Europa.



Declaración: "masdemocracia think tank "


Este Manifiesto propone la actualización del socialismo europeo en una vertiente Ético-Pragmática. “Ética” por vertebrarse sobre un riguroso proyecto de regeneración ética, imprescindible para recuperar la identidad histórica del PSOE (su marca y diferenciación) y conveniente para todos los demás partidos políticos socialistas de la Unión Europea. “Pragmática” porque propone soluciones realistas para preservar y fortalecer el modelo sociopolítico del Estado de Bienestar social.

La democracia es un sistema cuya esencia radica en la participación ciudadana. El deterioro progresivo de los partidos políticos y de los sindicatos ha dado lugar a la aparición de nuevas modas o filosofías de tipo roussoniano que pretenden estimular la aparición de colectivos ciudadanos con el supuesto propósito de inspirar al gobernante acerca de las demandas a satisfacer para la ciudadanía.

Este planteamiento republicanista o ciudadanista es sin duda bienintencionado, pero peca de un exceso de ingenuidad, difícilmente admisible en tiempos de la financierización global. El llamamiento a lo que se denomina democracia contestataria raya en el populismo y conlleva peligrosas consecuencias derivadas de una población saturada de problemas y fácilmente dirigible por los medios hacia movilizaciones.

Los socialistas no somos liberales, ni libertarios. Ambos vocablos son distintivos de marca con significados precisos para los seguidores de Adam Smith y para los anarquistas. Ni estamos a favor de consagrar el egoismo humano, ni tampoco de sacralizar la utopía materializada en desorden.

Rechazamos la formulación social-liberal de Giddens por ser intrínsecamente contradictoria con los principios igualitarios socialistas. La experiencia muestra, además, la degradación de los servicios públicos donde se aplica.

Para ser eficaz, la respuesta ciudadana precisa de los partidos políticos y de los sindicatos. Los partidos políticos son organizaciones cuyo poder definitivo estriba en la capacidad de gobernar, ese poder es suficientemente potente para permitir defender a la ciudadanía de los explotadores y de manipuladotes interesados, en particular del llamado quinto poder.

Lo que urge en consecuencia es una regeneración ética profunda y real, tanto de los partidos políticos como de los sindicatos. Nos ocuparemos aquí de propugnar soluciones en lo que se refiere a los partidos socialistas; en lo referible a los sindicatos, desde este manifiesto invitamos a nuestros compañeros de la UGT y demás sindicatos socialistas de la U.E. para que procedan en el mismo sentido.



La praxis socioeconómica

1. Diagnóstico


Desde un punto de vista pragmático el panorama es desolador. Como precisamente expuso recientemente Javier Paniagua, “el neoconservadurismo, teórico y practico, que se extendió con diferente fuerza y matices por Europa y EE.UU. provocó una convulsión en la izquierda que tuvo que buscar alternativas al ímpetu de los neoliberales, quienes ponían en cuestión que una política de asistencia social por parte del Estado supusiera un verdadero progreso para la mayoría. El capitalismo popular de Thatcher o el recorte de subvenciones sociales de Reagan, siguiendo las teorías de la Escuela de Chicago, dejaron una profunda huella en un momento en que el muro de Berlín dejaba de existir y las economías de planificación centralizada caían en picado. Fue entonces cuando Fukuyama habló del fin de la historia y del triunfo definitivo del liberalismo político y económico. Ya no existía alternativa a la economía de libre mercado. La socialdemocracia reaccionó haciendo hincapié en las carencias de este para hacer frente a las desigualdades sociales, recalcando la necesidad de que el Estado practicara una política de distribución para hacer frente a las distorsiones que provoca un mercado dejado al albur de los intereses económicos, además de reaccionar contra lo que calificaban de pensamiento único que atribuía a los conservadores la idea de que las diferencias entre izquierda y derecha habían ya periclitado, porque todos aceptaban el sistema de libre concurrencia política y el capitalismo, dado que a nadie se le ocurría proponer la socialización de los medios de producción. Todo parecía reducirse a una cuestión de matices. Fue el sociólogo Giddens quien dio a Blair los elementos teóricos para aplicar lo que se ha dado en llamar tercera vía, como una formula intermedia entre liberalismo y socialdemocracia, entre la necesidad de acentuar la economía liberal y controlar el gasto público para que no se produjera el despilfarro en que en muchas ocasiones había desembocado el estado de bienestar.... Algo que de alguna manera habían ya practicado los Gobiernos de González sin formulación teórica, y que los de Aznar continuaron en términos generales con sus matices propios, a pesar que en el lenguaje de la retórica política se hiciera hincapié en las diferencias. Pero en realidad se aludía a la capacidad de gestión.

De hecho uno de los elementos fundamentales del debate político actual es destacar el talante, las formas de relaciones con los colectivos sociales, el saber escuchar con atención las demandas de los distintos colectivos, o el tener eficacia y honestidad en la realización de los proyectos políticos para no caer en la chapuza, lo que no significa ninguna diferencia sustancial con otras opciones políticas. Pero una teoría política socialista moderna está cada día más diluida y se limita a repetir los lugares comunes...”

Como también recientemente recordaba Juan Pablo Fussi, “a medida que ha ido perdiendo sus grandes mitos e ideas fundacionales (la revolución, el socialismo, la igualdad, la lucha de clases...), el pensamiento de la izquierda ha ido desembocando en un pensamiento blando y sentimental, vaguedades bienintencionadas de aceptación universal e indiscutible sobre la paz, el diálogo entre pueblos y culturas, el intervencionismo humanitario y la solidaridad en la tierra, coartadas emocionales de una sociedad acomodada carente de moral para ir a la raíz de las cosas y de afrontar las decisiones a veces dramáticas que su solución requiere (por lo que, en España, la obligación del pensamiento honesto tendría que ser disentir de esa pseudoizquierda, rebelarse contra esa bondadosería débil e ineficaz instalada en nuestra vida intelectual). El problema de la incapacidad socialista de articular una concepción política diferenciada que abarque los aspectos de las nuevas realidades no es sólo una característica del socialismo español, acontece en toda Europa y forma parte de las preocupaciones que tienen actualmente los partidos socialistas, metidos fundamentalmente en los avatares de la política diaria...”

El análisis anterior es correcto pero superficial. Para profundizar adecuadamente en el diagnóstico nos apoyaremos, sustancialmente, en las conclusiones expuestas por Juán Torres López del llamado “Encuentro Salamanca. Alternativas para el siglo XXI. Salamanca 2002.”

Los ciudadanos del mundo real, y muy en particular los socialistas nos enfrentamos ante un nuevo poder financiero mundial, surgido del extraordinario crecimiento cuantitativo de los flujos financieros que ha sido posible gracias a que los Estados renunciaran a la regulación monetaria (salvo a la que, justamente, es necesario llevar a cabo para dar la máxima libertad de movimientos de los capitales y recursos financieros).

Desde 1980 el valor de la actividad financiera ha crecido 2,5 veces más rápido que el PIB agregado de los países industriales más ricos, y las transacciones de divisas, bonos y acciones lo han hecho 5 veces más. El mercado de divisas muestra, quizá más claramente que ningún otro mercado financiero, el vertiginoso crecimiento de las operaciones y su progresiva desvinculación de las operaciones de intercambio real. En el año 1960 se calcula que se registraban diariamente operaciones por valor de 15.000 millones de dólares, en 1980 por valor de 60.000 y en 1995 por 1,5 billones, una cantidad que contrasta con los alrededor de 650.000 millones de dólares que en este último año representaban las reservas en divisas de los países industriales, y que muestra así mismo el grado de desestatalización de las operaciones, así como su desvinculación de las operaciones de intercambio de bienes o servicios. Si en lugar de divisas nos refiriésemos al conjunto de activos financieros, veríamos que el volumen que está en manos privadas es más de cinco veces mayor que el que poseen los gobiernos.

Este crecimiento del flujo de operaciones financieras, en realidad ha consistido en negociar cada vez más nuevas formas de títulos financieros y en negociar títulos que antes eran no negociables, proceso vicioso no finalizado. Hoy día se calcula que sólo en la Unión Europea hay unos 13 billones de dólares en instrumentos financieros, actualmente no negociables, pero que si continúa la tónica actual llegarán a serlo pronto.

Las causas generales que han dado lugar al incremento de la magnitud de los flujos financieros son variadas pero pueden resumirse en las siguientes:

a) La inmediatez como consecuencia de la aplicación de las nuevas tecnologías.

b) La disminución del protagonismo de los bancos en su papel de oferentes de crédito, como consecuencia de la generalización de otras formas de dinero que no provienen de la actividad bancaria tradicional.

c) La aparición de los nuevos protagonistas, conocidos como “inversores institucionales” (fondos de inversión, compañías de seguros,...), es decir, empresas que se constituyen para recoger fondos ajenos y a partir de los cuales operar en los mercados financieros. Estos inversores institucionales no reciben el dinero para hacer inversiones reales, sino para comprar otro dinero obteniendo rendimiento en la operación: no operan cambiando el papel por mercancías, sino papel por papel. Buscan de la manera más inmediata posible rentabilidad y liquidez y eso provoca una gran inestabilidad. Sin lugar a dudas se puede afirmar que el riesgo y la inestabilidad constituyen la nota consustancial de los nuevos mercados financieros, necesario para obtener rápidos y cuantiosos beneficios, consecuencia de la especulación generalizada y campo de cultivo en el que crece la nueva actividad financiera. El crecimiento espectacular del papel de estos inversores institucionales lo muestra el hecho de que el total de sus operaciones representaba en 1980 el 59% del PIB de Estados Unidos y en 1993 ya había pasado a ser el 126% y en 2000 el 207%.

d) Los inversores institucionales basan su negocio en vender cuanto antes y con la ganancia más elevada posible los títulos que han adquirido en los mercados. Eso quiere decir que les interesa operar con títulos que sean muy líquidos, es decir que puedan venderse fácilmente. Se trata también de un fenómeno paradójico. Por un lado, y para ampliar el negocio, requieren más títulos, pero los nuevos títulos a los que podrían acceder son menos líquidos. El problema consiste en hacer líquidos títulos que no lo son y eso se consigue a través de lo que se conoce como “securitización”, que no es sino la generación de productos financieros “derivados” unos de otros, haciendo así negociable lo que antes no lo era, cubriendo con nuevo papel el papel de antes al que ahora se le puede dar salida porque se dispone del nuevo. Se trata, sin duda, de un proceso demasiado complejo por evidente, que cuesta bastante entender a las personas normales pero que puede explicarse si se visualizan las compras que las empresas hacen de las acciones de sus propias empresas, o de su grupo de empresas para luego venderlas y volver a comprarlas y así ir aumentando los rendimientos sin que haya habido cambio alguno en la estructura real, en el patrimonio efectivo ni, por supuesto, en la producción real que realiza, si es que se trata de títulos que tengan que ver con empresas que fabriquen algo, puesto que al tratarse de operaciones de papel sobre papel no tienen por qué tener nada real en la base, quizá tan sólo la expectativa de que alguien pueda estar interesado en adquirirlas en otro momento.

Entre los inversores institucionales que llevan al extremo este tipo de operaciones se encuentran productos como los llamados hedge funds o fondos inmunizados, que gracias a la liquidez que les proporcionan los préstamos que reciben, tratan de lograr más liquidez (en operaciones que se denominan de “apalancamiento”) generando para ello nuevos productos, nuevas inversiones prácticamente a la medida de cada cliente.

Estos fondos han llegado a utilizar hasta 250 veces su propio capital, pero implican un paroxismo especulativo tan elevado y asumen un riesgo tan alto que no están exentos del peligro cierto de quebrar como ocurriera en 1998 con Long-Term Capital Management (LTCM). A pesar de que entre sus responsables se encontraban dos Premio Nobel y un ex presidente de la Reserva Federal que siempre habían defendido la libertad de mercado, los beneficios de la competencia y la perversidad de la intervención estatal. Fue la Reserva Federal quien rescató a LTCM.

Al incesante crecimiento de los flujos financieros le ha seguido la práctica desaparición de fronteras entre los mercados de capitales para no desaprovechar la más mínima opción de ganancia, hoy factible gracias a las redes telemáticas. De ello surge una inextricable telaraña de operaciones que constituyen la suma de actuaciones en muchos submercados fragmentados

Finalmente, hay que tener en cuenta que estos procesos se han desenvuelto en un contexto general muy específico: el de una extraordinaria influencia del dólar (y por ende de toda la política monetaria estadounidense) sobre el conjunto de los mercados internacionales.

El dólar ha actuado y prácticamente actúa como moneda de reserva mundial. Gracias al enorme poderío económico e influencia política de Estados Unidos, han podido realizar en los últimos decenios una política monetaria, y en general una política económica, orientada a atraer capitales a Estados Unidos, drenaje descomunal que ha provocado una gran inestabilidad en los mercados financieros, que sirve para mantener el mayor déficit mundial y para financiar el hiperpoder militar que opera desde la sinrazón de la “guerra preventiva”.


El nuevo poder

La financierización que ha caracterizado a la economía mundial en los últimos treinta años ha implicado un nuevo tipo de poder, una forma diferente de gobernar las relaciones económicas, nuevos sujetos decisores, nuevos valores vinculados a él y consecuencias no sólo económico financieras, sino puramente políticas.

Los cambios legales necesarios se han llevado a cabo con extraordinaria disciplina y diligencia por todos los países del planeta, prácticamente sin excepción, comandados por organismos como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial, fieles guardianes de la ortodoxia monetarista y sumos intérpretes del elemental catecismo liberal que ha servido de cobertura ideológica para que no fuese demasiado evidente e injustificado el virtual traspaso de poderes que se ha producido.

La actuación reguladora llevada a cabo se refiere a cinco ámbitos principales.

a) La plena libertad de movimientos de capital que ha permitido expatriar los capitales, conformar una nueva geografía mundial del dinero y lograr el sueño de hacer del planeta un único mercado.

b) La privatización de la práctica totalidad de los sistemas financieros para poner en manos del capital privado los recursos que habían sido públicos, en la mayoría de las ocasiones, reforzando a los grupos económicos ya más poderosos o incluso generando otros nuevos al calor de oscuros intereses paraestatales.

c) La liberalización del acceso al ahorro privado y público, especialmente en el caso de las pensiones, que ha permitido que los grupos financieros privados se hayan hecho con un auténtico botín proveniente del ahorro familiar que constituye el saco sin fondo del que salen las operaciones especulativas que proporcionan ganancias millonarias a los propietarios o gestores de los fondos y no a sus auténticos generadores.

d) El establecimiento de regímenes de autonomía de los bancos centrales que, aunque en el nuevo régimen monetario pierden gran parte de su eficacia regulatoria, se han constituido en instancias de decisión completamente ajenas al control democrático.

e) Finalmente, se ha establecido como un estricto criterio de política económica la necesidad de combatir la inflación, lo que ha permitido mantener una constante tensión al alza de los tipos de interés y, en general, políticas claramente favorecedoras de los poseedores de recursos financieros.

Para poder consolidar el nuevo orden monetario, se ha hecho un auténtico ejercicio de intervencionismo estatal, mostrándose así que no es cierto que se haya renunciado a la regulación pública, sino que se ha logrado que ésta se haga de acuerdo con otros intereses, con otros objetivos y con resultados distributivos también diferentes.

Las referidas modificaciones en el orden monetario internacional han provocado consecuencias o efectos muy importantes sobre el desarrollo general de la actividad económica, sobre la regulación monetaria y el papel de la política monetaria, y sobre las condiciones generales en que puede llevarse a cabo el gobierno democrático de las sociedades modernas.


Deterioro de la economía real

Las consecuencias de la generalización de la especulación financiera y del hecho de que con ella se puedan obtener rendimientos mucho más elevados que los que proporciona la creación de riqueza material son obvias: un drenaje permanente de recursos hacia los circuitos financieros y una subsiguiente pérdida de fuerza de la inversión real.

La progresiva concentración de recursos e intereses en los flujos financieros ha impuesto a los gobiernos la aplicación de políticas deflacionistas favorecedoras del declive económico, por causa del drenaje continuo de recursos hacia la economía especulativa en detrimento de la real, y porque la mera amenaza de deslocalización o la de tipos de interés elevados, deprimen todavía más la inversión y encarecen el crédito destinado a financiar la actividad productiva estimulando la reducción salarial, lo que debilita la demanda global europea y trae más paro, empleos más precarios y, en general, una tónica de débil crecimiento y expansión económica.

Además, la financierización implica altas tasas de rentabilidad porque está asociada a un alto riesgo, y ese nivel tan alto de inseguridad y riesgo provoca que en todo el sistema económico haya una permanente inestabilidad.

Las funciones tradicionales de los sistemas financieros consistían en movilizar el ahorro para transformarlo en inversión productiva, la de facilitar el intercambio mundial de mercancías y la de proteger a los sujetos económicos frente al riesgo. Un simple vistazo a la realidad nos muestra que hoy casi han desaparecido.

Ahora los bancos se dedican, en lugar de a facilitar el transito de los recursos desde el ahorro a la inversión, a gestionar y colocar títulos en los mercados financieros. Incluso los bancos centrales realizan operaciones especulativas, muchas veces, muy cercanas a lo delictivo. Como indica Peter Gowan según un informe realizado en 1996 de la Unión de Bancos Suizos, -no menos de ocho bancos públicos eran “inversores estratégicos” en el LTCM-.

Los cambios que se han producido en el régimen financierizado actual modifican también el papel que juegan los tipos de interés en la economía.

Antes, la política de tipos de interés podía ser utilizada con bastante eficacia en el gobierno de la masa monetaria, porque la oferta y la demanda de dinero bancario respondía suficientemente bien a sus modificaciones. Hoy día, las operaciones que se realizan en los mercados financieros, mucho más atomizados y fragmentados, eluden fácilmente la disciplina monetaria impuesta a través de los tipos de interés, precisamente, porque se trata de operaciones concebidas expresamente para jugar con las variaciones en los precios de los títulos y con las oscilaciones en los tipos de interés. Es decir, los tipos de interés ya no son la batuta que dirige los movimientos de la masa monetaria, sino el indicador que expresa hacia donde tiene que moverse la inversión para lograr rentabilidad cualquiera que sea su evolución, al alza o a la baja, porque en ambos sentidos puede ser rentable una operación.

Por último, la generalizada utilización de los mercados de divisas para especular en lugar de para facilitar el intercambio comercial implica que los tipos de cambio sean cada vez más dependientes o resultado de los movimientos financieros especulativos en lugar de derivarse del estado de los movimientos reales. Eso es especialmente dañino en economías de mercado en donde se supone que los precios juegan un papel determinante como indicadores y referentes para la asignación eficiente de los recursos. Significa, pues, que una secuela desgraciada de la hipertrofia financiera y de la especulación generalizada que conlleva es la imposibilidad de que los mercados internacionales de bienes y servicios funcionen eficientemente porque su mecanismo de fijación de los precios está viciado, se ve alterado por los movimientos que les impone el flujo financiero.

Cuando el negocio financiero básico radicaba en la generación del dinero bancario concediendo prestamos a los agentes económicos, los oferentes de dinero estaban principalmente interesados en que los prestatarios tuviesen la mayor solvencia posible, de ahí que se impusiese una lógica de estabilidad y fortaleza económica. Por el contrario, en el régimen predominante hoy del dinero financiero los inversores institucionales están especialmente interesados en que los títulos que pueden ser objeto de compra o venta tengan el mayor atractivo posible desde el punto de vista de su rendimiento inmediato. Este tipo de lógica impuesto por los inversores financieros obliga a las empresas a generar el mayor beneficio inmediato. Por eso, la generalización de la inversión financiera institucional ha traído consigo un tipo de gestión empresarial novedosa y diferenciada, orientada sobre todo a facilitar la colocación de los títulos, bien gracias a presentar rendimientos muy elevados a corto plazo, bien inflando artificialmente las expectativas de la empresa en los mercados. Este tipo de estrategias son las que han hecho crecer desmesuradamente la cotización de las empresas, aunque su actividad real apenas si se modificara y eso ha sido lo que ha dado lugar a la llamada Nueva Economía, al éxito de las empresas puntocom y al incremento espectacular de los registros de beneficios empresariales en los últimos años.

Detrás de ello, sin embargo, hay una inflación permanente de las expectativas y un irreal crecimiento del valor de las empresas provocando la sucesión permanente de episodios alcistas y crisis bursátiles. Estamos en presencia del “casino” al que refiere Oskar Lafontaine.

Una secuela inevitable de la tremenda e improductiva expansión de los medios de pago ha sido la canalización de inmensos flujos de dinero hacia actividades ilegales y criminales que, paradójicamente, han sido permitidas por los propios gobiernos, y en particular, por el de Estados Unidos que siempre se opuso a lo que llama “injerencia fiscal”.

Al hablar de economía criminal se hace referencia a un conjunto amplísimo de actividades de naturaleza y efectos económicos pero que se desarrollan al margen de la ley. Se puede tratar de comercio ilegal de armas o desechos nucleares, prostitución, juego clandestino, extorsiones de todo tipo, "protección", comercio de mercancías prohibidas, secuestros, falsificaciones, mercado negro de divisas... y principalmente tráfico de estupefacientes que por sí solo representa casi la mitad de esta economía criminal que en nuestra época se ha desarrollado en términos absolutos y relativos más que en ninguna otra.

Según las estimaciones que realizan organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional o las Naciones Unidas, todas estas actividades mueven anualmente alrededor de un billón de dólares en todo el mundo, aunque el patrimonio económico acumulado por la actividad criminal es lógicamente mucho más elevado. Y si se considera las inversiones ya legales, o "blanqueadas", que subsiguientemente se hacen con los beneficios de la economía criminal, esas mismas estimaciones señalan que la cifra de negocio en 1997 podría haber sido de tres billones de dólares.

Se trata, pues, de un negocio de gran envergadura económica ya que representa alrededor del 8 por ciento del comercio mundial, un 4 por ciento del Producto Bruto mundial, y es equivalente, por ejemplo, al que realiza toda la industria textil del planeta y mayor que el de la industria del automóvil.

Por otro lado hay que destacar que la mitad de los flujos financieros internacionales pasan por los llamados paraísos fiscales, auténticos no-lugares de las finanzas en donde la ausencia no sólo de imposición, sino de control, permite a los grandes bancos e inversores institucionales realizar operaciones al margen de lo que está prohibido realizar en sus países de origen.


Incremento de la desigualdad económica

Una economía orientada cada vez más hacia la especulación y la actividad improductiva y que se encuentra fuertemente determinada por los intereses que impone un territorio de poder especialmente influyente no puede tener sino un inevitable corolario: el incremento continuado de la desigualdad económica. Unos escasos datos permiten corroborar esta aseveración.

Si se hace el PIB por habitante del mundo igual a cien en 1980, la evolución de algunos países y zonas ha procedido de la siguiente forma hasta 1999: Estados Unidos ha pasado de 482 a 637, los países de renta baja de 13 a 8, los de renta media de 83 a 40 y los de renta alta de 406 a 526, África subsahariana de 29 a 10, Asia del Sur de 11 a 8, Asia del Este de 15 a 20.

Desde otro punto de vista, resulta que en 1980 el 82% de la población mundial producía el 29% de la riqueza mundial. En 1999, el 85% de la población mundial producía el 21%, lo que significa que ha disminuido claramente su capacidad de creación de riqueza, esto es, la cacareada productividad.

En 1980, los 1.300 millones de habitantes de los países más pobres eran 22 veces menos ricos que los de Estados Unidos, mientras que en 2000 eran 86 veces menos ricos. La renta global de los países en subdesarrollo en 1980 era 14 veces menor que la de Estados Unidos, y en 1999 es 26 veces menor.

Evidentemente, las causas de este incremento de la desigualdad económica no son sólo monetarias y financieras, pero sí puede aceptarse que la financierización ha coadyuvado de manera decisiva a provocarla, al menos por tres razones fundamentales.

En primer lugar, porque Estados Unidos ha logrado externalizar los costes elevados de las crisis financieras que ha provocado la especulación que realizan sus empresas e inversores institucionales, lo que hace que sean los demás países los que soportan finalmente sus consecuencias y efectos negativos sobre el empleo, el equilibrio macroeconómico y sobre su capacidad subsiguiente para generar actividad económica.

En segundo lugar, porque la política monetaria restrictiva que se ha impuesto, en general, de alta retribución para los poseedores de títulos financieros, lógicamente favorece a quienes los poseen, que no suelen ser los grupos sociales de menor renta, sino los sectores ya de por sí más privilegiados y los países potentes, hacia donde se suele canalizar el ahorro cuando existe libertad de movimientos de capital.

En tercer lugar, porque las políticas deflacionistas que acompañan a la financierización implican aumento del desempleo, disminución de los gastos sociales, debilitamiento del sector público protector, menos inversiones públicas y, en general, no sólo peores condiciones de vida sino menos capacidad endógena para la generación de riqueza, lo que perjudica en mucha mayor medida a los sectores o territorios más necesitados y empobrecidos.


Bancos Centrales

La política monetaria se reserva a los bancos centrales con la justificación de su neutralidad y de que su gobierno sólo requiere decisiones técnicas y no políticas, y eso permite dejar fuera de toda discusión lo referente a las condiciones en que se desenvuelven las relaciones financieras en nuestras sociedades. Si desde una autoridad externa se imponen determinadas restricciones aparentemente sólo monetarias se está condicionando a las demás políticas: el banco central no sólo influye sobre lo relativo a la moneda, sino sobre la fiscalidad, el gasto público, las políticas sociales, etc.

Lo anterior implica una efectiva pérdida de capacidad de gobierno de los Estados.

Por un lado, en la medida en que los tipos de interés y los tipos de cambio vienen impuestos (los tipos de interés por el efecto conjunto de las decisiones de los bancos centrales y de los mercados financieros, y los tipos de cambio por los tipos de interés, más que por la política comercial de los gobiernos). Los Estados nacionales se encuentran prácticamente maniatados respecto a la manipulación de variables clave para la consecución del equilibrio macroeconómico.

Por otro lado, en la medida en que existe libertad absoluta para el movimiento de capitales, los gobiernos carecen de autonomía alguna para imponerse a la voluntad de mercados que se desenvuelven a escala internacional, salvo que se trate de Estados Unidos, que gracias a su potencia económica y al papel de reserva virtual que juega el dólar puede influir con cierta discrecionalidad en la dinámica de los mercados.

En realidad, pues, a los gobiernos nacionales no les queda sino la posibilidad de comportarse como ejecutores más o menos voluntariosos de la ortodoxia económica y monetaria.

El mayor protagonismo de los bancos centrales independientes como ejecutores de la política monetaria se produce en la paradójica situación de pérdida de su propia capacidad de control de los flujos financieros.

La financierización ha implicado que la masa monetaria esté compuesta por una nueva variedad de títulos y que ya no se reduzca principalmente al dinero bancario que los bancos centrales podían controlar más eficazmente a través de los instrumentos tradicionales de la política monetaria (coeficientes bancarios o tipos de redescuento). Incluso las puras operaciones de crédito ya no son realizadas en tan exclusiva proporción como antes por los bancos. Según Saskia Sassen: “Treinta años atrás, los bancos realizaban el 75 por 100 de todo tipo de operaciones de crédito a corto y medio plazo. Hoy, la participación de los bancos comerciales en el total de valores financieros ha caído desde más del 50 por 100 a poco más del 25 por 100 en los últimos setenta años”.

Sobre las operaciones de compra y venta de títulos o dinero de todo tipo que constituyen hoy día el grueso de las operaciones financieras, los bancos centrales tienen mucha menor capacidad de intervención. Primero, porque son movimientos que no responden directamente a los instrumentos tradicionales de la política monetaria de los que disponen los bancos centrales y, segundo, porque las reservas de los bancos son excesivamente limitadas en relación con el volumen total de operaciones que se realizan, lo que dificulta en gran medida su capacidad de control.

La existencia consentida de paraísos fiscales y de productos financieros opacos, concebidos precisamente para eludir controles fiscales y monetarios, igualmente limita la capacidad de actuación como controladores finales de la oferta monetaria por parte de los bancos centrales.

Y, por último, la práctica generaliza de “derivar” los productos financieros, es decir, de cubrir unos con otros precisamente para eludir los cambios que no interesen en los tipos de interés significa que ni tan siquiera la manipulación de esta última variable tiene hoy día una eficacia completa sobre el conjunto de los flujos financieros.

En definitiva, pues, no puede decirse que los bancos centrales hayan pasado a ser auténticos portadores de poder monetario. En realidad, se limitan a jugar un triple pero mucho menos poderoso papel: el de celosos guardianes de la retórica ortodoxa, el de contumaces disciplinadores de las políticas económicas de los gobiernos y el de comparsas más o menos atentas de los movimientos de compensación que demandan los mercados financieros cada vez más inestables, lo que no siempre consiguen a tenor de las sucesivas y graves crisis que se han venido padeciendo en los últimos años.

El poder monetario efectivo de nuestros días se encuentra en los grandes inversores institucionales, en las empresas multinacionales y, en general, en los poseedores de los inmensos y muy concentrados volúmenes de recursos financieros que se movilizan incesantemente en los mercados. La esfera de los hipertrofiados flujos y operaciones financieras que produce, se conecta con la circulación real a través del influyente y decisivo papel de la Reserva Federal estadounidense.


Debilitamiento de la democracia

La consolidación de un poder que tiende a evadir el control de las instituciones para guarecerse en los mercados tiene como inevitable corolario un debilitamiento efectivo de la democracia que se manifiesta, al menos, en tres grandes dimensiones.

Las nuevas formas de regulación monetaria y el propio régimen de financierización compulsiva de la actividad económica implican, una pérdida progresiva de impulsos al crecimiento de la actividad económica, deslocalización, menor capacidad de creación de riqueza, pérdida de empleo y, en general, del mayor nivel de bienestar social que está asociado a la economía productiva europea. Significa esto que el nuevo poder monetario lleva consigo, como cualquier decisión sobre los modos de asignación de los recursos, una solución distributiva determinada, y en este caso diferente de la que se obtendría si se primase la producción de bienes y servicios o la creación de empleo en lugar de la especulación financiera.

Teniendo en cuenta que ese poder se ejerce cada vez más al margen de las instituciones en donde están representados, siquiera sea formalmente, todos los intereses sociales, resulta que la consolidación del nuevo poder monetario significa, entre otras cosas que se impone una pauta distributiva sin debate social, sin permitir que los grupos sociales que no poseen los recursos financieros puedan tratar de mejorar su parte en el reparto del producto social.

No sólo se debilita así la propia democracia formal, de cuyo ámbito se desmarca una esfera que, sin embargo, es de extraordinaria influencia para el conjunto de los intereses sociales, sino que literalmente se impide que la democracia sea un procedimiento que permita a los grupos sociales mejorar su participación en el reparto de manera pacífica.

Como dice Noam Chomsky, citando a Atilio Boron, “la clase de liberalización financiera que abrió la era neoliberal en los 70 reduce las opciones de decisiones democráticas, y transfiere estas decisiones a las manos de un ‘senado virtual’ de inversores y prestamistas. Los gobiernos ahora dependen de una ‘representación dual’ que opone a los intereses de los ciudadanos, los de los negociantes de divisas y los administradores de ‘hedge funds’, que llevan a cabo un referendum de momento a momento sobre la política económica y financiera de estados desarrollados y estados en vías de desarrollo, y la competición no es equitativa”.


Predominio de organismos e instituciones decisoras de carácter no democrático

No es casual que la consolidación de este nuevo poder monetario se base y se ejerza justamente, y en el mejor de los casos, desde instituciones en donde no existe una representación democrática de los intereses. Organismos como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial o la Organización Mundial del Comercio se constituyen y actúan con ausencia total de garantías y controles mínimamente democráticos y con el sólo objetivo de salvaguardar los intereses del nuevo poder financiero de los de Estados Unidos y en mucha menor medida, de unos pocos satélites del imperio.


Poder difuso

Alternativamente, la plena libertad de movimientos que se ha garantizado en los mercados de capitales y la renuncia de los gobiernos a controlar lo que ocurre en esos mercados ha permitido aparecer y consolidarse a gran número de mafias, de grupos vinculados a actividades terroristas y de multitud de inversores criminales que terminan por conformar lo que Susan Strange denominó el “poder difuso” típico de nuestra época.

El poder monetario actúa como una especie de imán en torno al cual luchan por acoplarse de la mejor manera posible una multiplicidad de actores e intereses. Los propios gobiernos y bancos centrales, los inversores institucionales, los bancos y compañías multinacionales, los delincuentes y terroristas internacionales, organizaciones no gubernamentales, incluso iglesias y desde luego las mafias organizadas que tienen mucha más fuerza que muchos Estados conforman, entre todos ellos, un auténtico gobierno en la diáspora, una gran zona de no-gobierno democrático, o una “zona de penumbra del derecho”, como dice Robin Blackburn refiriéndose a los fondos de pensiones, en donde compiten vorazmente para repartirse con extraordinaria opacidad los frutos de su actividad especulativa ingente y constante.

La financierización de la que brota este moderno poder monetario diluye las fronteras entre lo nacional y lo internacional y difumina las distancias entre lo lícito y lo criminal, entre lo público y lo privado o entre el negocio y la estafa.

La ciudadanía hipotecada

Las consecuencias de lo descrito apuntan a un efecto de pérdida de soberanía y de quiebra de la ciudadanía. La regulación monetaria dominante no es sólo intrínsecamente indeseable en cuanto que lleva consigo las consecuencias analizadas, sino también, y sobre todo, porque ella misma implica e impone un perfil determinado al resto de las políticas económicas y sociales.

Cuando se han generalizado las políticas deflacionistas no solamente se ha afectado a la tasa interanual de crecimiento del Producto Interior Bruto. Se ha producido además deslocalización, desempleo, degeneración del trabajo, menores gastos sociales, etc., y con ellos ha venido una auténtica redefinición de los derechos sociales e individuales que, a su vez, ha precisado de una eficaz estrategia de culturización, de asimilación de nuevos valores sociales y de nuevas pautas de comportamiento social e incluso individual.

Los grandes inversores tienen, pues, una capacidad efectiva de decidir y de modificar las preferencias sociales, son los nuevos “votantes” de nuestras sociedades, o al menos a los que les corresponde votar sobre las grandes y más decisivas cuestiones. El nuevo poder monetario ha permitido alcanzar el sueño del capitalismo: que los mercados sustituyan a los ciudadanos.



2. TRATAMIENTO


Con carácter de urgencia, los socialistas necesitamos afrontar el tremendo desafío neoconservador de la financierización de la economía, pero también la desconfianza que tienen los ciudadanos en sus instituciones, y los efectos de las políticas neoliberales, esto es, la precariedad e inseguridad en el empleo, la desesperación y más que justificado pasotismo de los jóvenes, la degradación de los servicios públicos, la amenaza terrorista y la inseguridad ciudadana, la inmigración ilegal, la especulación de la vivienda y muchos más problemas que angustian a los europeos y al resto de la humanidad.

El ciudadano europeo tiene la sensación de que somos incapaces de afrontar el reto del neocapitalismo globalizador por carencia o confusión de ideas, supuesta ineptitud de nuestros dirigentes y falta de coraje visible para enfrentarnos con los explotadores y para propugnar soluciones eficaces que impidan la completa destrucción del estado de bienestar social.

Al respecto, estamos convencidos de que no existen soluciones eficaces desde la órbita de los Estados Nacionales de la Unión Europea.

En nuestro ámbito europeo, a nivel transnacional, disponemos únicamente del PSE, creado en 1992, después del Tratado de la Unión Europea que, en su artículo 138A, reconoce la importancia de los partidos políticos en Europa. El PSE sucedió a la Unión de los Partidos Socialistas de la Comunidad Europea, la cual fue fundada en 1974.

El menos riguroso de los análisis que pudiéramos hacer acerca de su capacidad operativa para ofrecer soluciones a los problemas con los que nos enfrentamos en la UE, nos daría un pobre resultado próximo a la inoperancia, lo que resulta evidente al comprobar que la militancia socialista ignora hasta su propia existencia. El PSE está organizado verticalmente y, al igual que el modelo de gobierno actual de la UE, diseñado a su imagen y semejanza, carece por completo de representatividad democrática por ser operado desde arriba. Aquí no son los Estados los que hacen y deshacen pero sí las directivas de los partidos socialistas estatales. La realidad del PSE de hoy es desilusionante, pues sirve únicamente para tratar de coordinar intereses nacionales en una especie de club socialista, de cara a la formación de mayorías en el Parlamento Europeo.

Ante la evidencia anterior, propugnamos la creación de un auténtico PARTIDO SOCIALISTA DE LA UNIÓN EUROPEA como referente electoral único, en todos y cada uno de los países de la Unión, para concurrir a todo tipo de elecciones.

En una fase inicial, parecería un simple pero significativo cambio de nomenclatura, pero en realidad, desarrollaría un proceso constituyente permanente encaminado a homogeneizar al máximo posible a todas las secciones estatales del PSUE, con el objetivo final de ofrecer a la militancia y al electorado europeo una opción global de gobierno coordinado, incluso desde la manifiestamente mejorable representatividad del gobierno de la UE. El PSUE ilusionaría a la ciudadanía europea y sería capaz de impulsar adecuadamente el fortalecimiento del Parlamento Europeo para encaminarlo hacia las cotas de representatividad y de poder de que disfrutan los parlamentos estatales en su dimensión nacional.

Todos los ciudadanos de la UE tenemos unas clarísimas señas de identidad común consistentes en el llamado “estado de bienestar social”, indiscutible logro de los partidos socialdemócratas. Es lo que nos diferencia de los EEUU, de Japón, de China y de casi cualquier otro de nuestros competidores. Es lo que nos hace auténticamente europeos y transforma este espacio continental en el espacio más civilizado del planeta Tierra. Si perdemos esa identidad esencial, no sobrevivirá la Europa civilizada y la decadencia económica subsiguiente nos atomizará en un futuro no muy lejano. Pero todavía hoy tenemos el arma definitiva que consiste en ser el mayor mercado del planeta, y lo que aquí propugnamos es que ese arma se utilice para garantizar la subsistencia y el desarrollo de nuestro estado de bienestar, pero también para extender la justicia social y el humanismo al resto de los países como parte íntegra de nuestra estrategia sociopolítica global. Proponemos, en palabras sencillas, humanizar el mundo.

Según nos revela el “Informe Anual (2003) Sobre El Empleo” presentado recientemente por la Organización Internacional del Trabajo (OIT), la mitad de los trabajadores del planeta, es decir unos 1.400 millones de personas, están atrapados por la pobreza y no logran superar junto a sus familias los 2 dólares de ingresos diarios. De ellos, 550 millones viven una situación de pobreza aún más extrema ya que apenas logran ganar un dólar al día. Jeff Johnson, coator del informe, ha señalado que el problema es aún más grave si se considera que a esos trabajadores pobres se sumarán 514 millones más de personas que entrarán en el mercado laboral de aquí al 2015, y nos advierte: "si no se hace algo ahora para enfrentar esta situación, el problema estará pronto fuera de control".

El informe indica que 185,9 millones de personas estaban desempleadas en el mundo en 2003, lo cual representa la punta del icerberg del problema de déficit de trabajo decente, ya que un número siete veces mayor de personas tienen empleo y, sin embargo, viven en situación de pobreza.

Desde la famosa Ronda Uruguay del GATT, hemos aceptado sumisamente la financierización o globalización parcial del mundo impuesta por los EEUU y por el nuevo poder financiero. Con ello hemos levantado todas las barreras a la especulación y a la explotación salvaje del ser humano y más en particular al sangrado de esos dos mil millones de seres indefensos que existen, dispuestos a trabajar por un dólar o dos diarios, pero no hemos globalizado los derechos sociales, ni tampoco los derechos humanos. Es difícil escapar a la sensación de que los socialistas nos hemos rendido ante el modelo de los EUA.


Socio- y eco-aranceles variables y actualizables

Proponemos como estrategia unificadora, que la Unión Europea levante socio-aranceles frente a los países que no tienen, ni desean, un modelo democrático y social como el europeo.

Entre otras buenas razones para evitar la salvaje explotación de los ciudadanos de los países en vías de desarrollo, a manos de los explotadores internacionales y de sus gobernantes locales (frecuéntemente corruptos y autocráticos). También porque el dumping social que realizan los países de economía retrógrada sobre los trabajadores y empresarios de los países que disponen de un sistema de protección y bienestar social, resulta letal a plazo fijo para la pervivencia del mismo.

Como socialdemócratas y miembros de la Internacional Socialista, estamos obligados a adoptar políticas activas contra la esclavitud y macroexplotación de los más débiles y para defender, mejorar y extender el sistema de protección y bienestar social que nuestros predecesores crearon.

Para ello proponemos un sistema de socio-aranceles variable, revisable y actualizable anualmente, en función del progreso en el grado de desarrollo de los derechos humanos y sociales que se produzca en los países que pretendan vender en la UE, y ello con dos umbrales de diferenciación.

El primero de socio-aranceles bajos, aplicable a los países débiles de economía primaria, a los que se les exigirá que realicen el mismo desarrollo democrático y social, pero en niveles acordes con la realidad de sus economías.

El segundo, básicamente compuesto por los que hoy se conocen como países deslocalizadores de los nuestros, con un nivel de exigencia máximo y unos socio-aranceles altos y disuasorios, por supuesto que revisables y actualizables anualmente a la baja en la medida en que los países explotadores progresen democrática y socialmente.

En la práctica esto supondría que naciones como Argentina, que sí tienen un modelo europeo con independencia de su situación coyuntural y siempre que el esfuerzo en gasto social sea proporcionado, tendrían un socio-arancel cero.

Otros países de economía primaria como Mali o Senegal, por ejemplo, también tendrían un arancel prácticamente nulo si acometen reformas sociales y democráticas acordes con el modelo europeo, todo ello con un timing racional y progresivo.

Por las razones apuntadas, los socio-aranceles aplicables a China y la India podrían ser altísimos, según se diagnostique, y también los aplicables a otros países asiáticos.

Por el contrario, países como Canadá, huelga decir que no tendrían socio-arancel alguno por su encaje perfecto en el modelo que propugnamos.

Como anteriormente hemos expuesto, la financierización de la economía mundial y sus depredadores efectos sobre la economía real de bienes y servicios, procede de los EUA. Como estrategia es visíblemente de origen estadounidense, neoconservadora, imperialista y socialmente retrógrada y está concebida como instrumento básico de dominación mundial.

La globalización financiera es una americanización que se manifiesta en múltiples aspectos: sobre todo, en la utilización que ha realizado Estados Unidos de su gran poder financiero, económico y político para gobernar la política monetaria y toda la política económica en su propio interés pero haciendo descargar los costes de esas políticas en el resto de los países. Y, en particular, en la generalización de las políticas nacionales impuestas desde los organismos internacionales que Estados Unidos controla directamente, incluso en la tendencia a homogeneizar el derecho mercantil del resto del mundo para acoplarlo a la tradición norteamericana, o en la progresiva imposición de reglas y procedimientos provenientes de Estados Unidos relativos a las prácticas judiciales, de auditoria, clasificación crediticia, contabilidad, etc. que terminan por suministrar el traje con el que se revisten las relaciones financieras internacionales.

Si alguien alberga dudas sobre la afirmación anterior, le remitimos a las palabras directas de la anterior Secretaria de Estado, Madeleine Albright: “Para que la globalización funcione, los Estados Unidos no deben tener miedo de actuar como la superpotencia invencible que son... La mano invisible del mercado no funcionará jamás sin un puño invisible. McDonald´s no puede extenderse sin McDonnell Douglas (fabricante del F15). El puño invisible que garantiza la seguridad mundial de las tecnologías de Silicon Valley se llama ejército, la fuerza aérea, la fuerza naval y el cuerpo de marines de los Estados Unidos” (en New York Times Magazine, 28 de marzo de 1999).

Por lo anterior es seguro que si la UE lleva a cabo el plan propuesto, no se podrá evitar un enfrentamiento con los EUA. Se ha de aceptar esta confrontación, con todas sus consecuencias, porque tenemos razón y porque como socialistas tenemos el deber de socializar y humanizar el planeta. Esta política sí que nos daría un liderazgo mundial a los europeos sin necesidad de aterrorizar al mundo con la fuerza bruta.

El referente cualitativo de medición para los aranceles, podría extraerse del propio Tratado de Constitución de la UE y, en especial, de su Proyecto de Constitución.

Los aranceles recaudados bajo este sistema se emplearían, íntegramente, en el desarrollo social estructural y material de los Estados que acepten promover el modelo europeo de bienestar social y de redistribución de la renta, a través de un nuevo programa que titularíamos “Dignidad para todos”, programa que establecería las cautelas necesarias para garantizar el destino y aplicación de los fondos. Este programa perseguiría que todos los países adscritos al mismo tuvieran los niveles de gasto y protección social de los que hoy disfrutan los países de la Unión Europea.

También es evidente y públicamente conocido que el mundo camina hacia una situación medioambiental insostenible, cuyos efectos demoledores percibiremos antes de 50 años, motivados fundamentalmente por el sobrecalentamiento atmosférico.

Lo único práctico, aunque muy limitado que se ha hecho para prevenir el desastre son los protocolos de Kioto. La pasividad de grandes estados que se niegan a firmar y ejecutar los protocolos nos obliga a desarrollar políticas activas y coercitivas hacia esos estados y sus empresas.

Proponemos la creación de eco-aranceles que graven los productos y servicios de los países refractarios a ejecutar dichos protocolos. Obviamente, estos eco-aranceles desaparecerán en el mismo momento que esos países firmen y ejecuten tanto los protocolos actuales como los que les sigan en el futuro.

Empresas de países no signatarios de los protocolos de Kioto, podrán solicitar de la UE un certificado de “industria no-contaminante” y que respeta el contenido de los acuerdos de Kioto. La obtención de dicho certificado eximirá a la empresa el pago del eco-arancel para sus productos.

Como con los socio-aranceles, los aranceles recaudados bajo este sistema se emplearían, íntegramente, en programas de protección medioambiental en los Estados participantes, especialmente los más necesitados.

Investigación+Desarrollo+Innovación

Para modernizar el socialismo en Europa, se debe poner especial énfasis sobre los métodos eficaces para alcanzar el pleno empleo. Por eso, debemos prestar especial atención a la Investigación, Desarrollo e Innovación, que garantizan la creación de miles de nuevos empleos si se explota a fondo. De hecho, los europeos, hasta la fecha, no hemos sido capaces de sacar provecho del extraordinario potencial de la Investigación.
Existen tres barreras estructurales para explicar el retraso que sufrimos ante países como los Estados Unidos de América y Japón.
Primero, la Investigación está demasiado fragmentada con numerosas agencias de Investigación, lo que atomiza a los programas y las prioridades de la Investigación.
Segundo, el presupuesto asignado para la Investigación no es suficiente. En 2002, la intensidad de I+D, esto es, el gasto en I+D como porcentaje del PIB en la Unión Europea no superó el 1,93%, mientras que los EUA y Japón dedicaron, respectivamente, el 2,76% y el 3,12%. Idealmente, los estados miembros deben dedicar un 3% de su PIB a I+D, de acuerdo con el objetivo del 3% de Barcelona. Esto dista mucho de la realidad, con la excepción de Finlandia (3,51%) y Suecia (4,27).
Finalmente, Europa no logra transformar su conocimiento en innovación, por ejemplo en productos comercializables, lo que perjudica considerablemente el intento de reavivar nuestra competitividad. La Estrategia de Lisboa, dirigida a hacer de Europa la sociedad basada en conocimiento más competitiva del mundo para el 2010, seguirá siendo una utopía mientras estos obstáculos no se eliminen.

Los políticos con voluntad de mejorar las condiciones de I+D en Europa deben saber apreciar que la Unión Europea se ha armado de políticas y herramientas sólidas. No deben vacilar en hacer uso de ellas en su búsqueda por un nivel superior de competitividad. Por ejemplo, el Área de Investigación Europea fue lanzada en el 2000 en un intento por establecer una política sólida en I+D, facilitar la coordinación entre la miríada de agencias I+D europeas y eliminar cualquier obstáculo que perjudique la libre circulación de investigadores en la UE. Además, deben alentar a sus industrias, universidades e instituciones de investigación a hacer uso de los programas del 6º y pronto el 7º "Marco de Investigación" como fuente de fondos para mejorar sus esfuerzos en I+D.
El conocimiento adquirido a través de I+D no tiene precio y puede asegurar nuestra supervivencia como una de las economías líderes en el mundo.
(colaboración de Mr. Phillipe Busquin, eurodiputado socialista y vicepresidente de la Internacional Socialista).

Otras políticas necesarias

En un libro reciente, Oskar Lafontaine, arremete contra el Pacto de Estabilidad europeo y el 'fetiche de la independencia de los bancos centrales' y reitera sus propuestas auténticamente socialdemócratas de regular los tipos de cambio entre el dólar, el euro y el yen e introducir un impuesto sobre los flujos de capital especulativos. Pues bien, secundamos íntegramente las propuestas de Lafontaine y proponemos adicionalmente otras.
Los socialistas deberíamos de estar de acuerdo en unos principios éticos básicos:

- Que lo que importa en la sociedad son los seres humanos y las actividades económicas tienen por objetivo esencial la satisfacción de sus necesidades, no pudiendo quedar dicha satisfacción a merced de los mercados y de la inhumana lógica del beneficio personal.

- Que debe desincentivarse y penalizarse, por todos los medios, el uso improductivo de los recursos y, al mismo tiempo, garantizar su uso en el ámbito de la creación de riqueza.

- Que es inaceptable el desgobierno o la ausencia total de mecanismos que garanticen la efectiva percepción de ayudas al desarrollo de todos los grupos sociales.

Las implicaciones mucho más concretas de estos principios éticos deben manifestarse, al menos, en tres grandes ámbitos.

Los socialistas reclamamos el derecho a concebir un mundo distinto, unas relaciones diferentes y una solución distinta a los problemas sociales; aún más, es necesario, como dice Daniel Deudney, convertir ese derecho en una negarquía, en un poder para negar, limitar o constreñir la autoridad arbitraria de nuestro tiempo.

Este contrapoder ha surgido y se manifiesta en los movimientos que reivindican una globalización alternativa y que han conseguido en algunos casos modificar la agenda de los grandes poderes del planeta. Lo inconcebible es que los socialistas no estemos liderando esa reivindicación y que nos conformemos con presencias testimoniales, pero estamos a tiempo todavía de encauzar de forma operativa la globalización alternativa dentro de nuestro impulso común europeo para crear el primer bloque de contención real: la política arancelaria común propuesta de progreso. Desde este primer bastión apoyaríamos la creación y el desarrollo de otros bloques de contención regionales como pueda ser Mercosur, otro asíatico, otro africano, etc.

En el campo específico de las cuestiones y las políticas económicas habría que intervenir a nivel de la Unión Europea en cinco aspectos principales:

- Propiciar y garantizar que los gobiernos de la UE recobren la capacidad de gobernar las relaciones económicas limitando el poder difuso y recuperando una lógica territorial mucho más racional que no tiene por qué ser incompatible, sino todo lo contrario, con la globalización encaminada a optimizar el uso de los recursos económicos a nivel planetario.

- Redefinir la fiscalidad tanto en el ámbito nacional como europeo aplicando tasas impositivas del tipo de las propuestas por Oskar Lafontaine y James Tobin sobre los movimientos especulativos de manera que se generen los suficientes desincentivos que permitan transferir los recursos improductivos a la creación de riqueza.

- Controlar los fondos financieros, y en particular los fondos de pensiones, y establecer regímenes legales e institucionales que impidan el uso ilegal de los mismos e incentiven su utilización vinculada a los principios éticos apuntados.


Dentro de la Unión Europea

Los socialistas debemos de propugnar que el esfuerzo en políticas sociales de todos y cada uno de sus miembros sea estrictamente proporcional a sus economías. Pero en este caso debemos de reivindicar también que se realice un planeamiento a largo plazo de concertación de la fiscalidad para aproximar la de todos los miembros de la Unión entre si en la mayor medida posible, de no hacerlo peligrará el desarrollo social de los ciudadanos pertenecientes a los nuevos miembros.

Creemos que ha llegado el momento ya de presentarnos a las elecciones en la UE todos los socialistas bajo las mismas siglas y con programas homogéneos, pero sobre todo con objetivos comunes. Europa está abocada a contemplar impotente como se destruye su estado de bienestar social si no reacciona ya de forma conjunta y eficaz. Nunca podremos competir económicamente con los países esclavizadores, que irán creciendo al mismo ritmo que nosotros nos empobrezcamos o nos transformemos también en esclavistas, y que previsiblemente adoptarán el modelo estadounidense basado en la fuerza bruta, haciendo del mundo un lugar cada día más injusto e inseguro.

A nivel interno, ese riesgo empieza a ser ya una realidad, más que palpable, si observamos el deterioro de las pensiones, la degradación de los servicios y, en particular, la infrahumana situación de precariedad y sobreexplotación en la que se encuentra nuestra juventud.

Los resultados previsibles de una confrontación electoral entre un partido socialista único europeo y el sinfín de partidos que tiene la derecha europea sería demoledor para esta última, pero también para los neoconservadores del planeta entero.


Ética

Nuestro compañero alemán, Oskar Lafontaine, ex ministro de Finanzas alemán, en su libro “La política requiere de principios” acusa al Gobierno del canciller Gerhard Schröder de ser 'más papista que el Papa en su creencia en los dogmas neoliberales' y de acoger a 'arribistas y renegados' entre sus filas.
Así explica: 'Los Gobiernos reformistas con frecuencia fracasan por los arribistas y renegados entre sus filas. El arribista se solaza en el favor de los poderosos, mientras que el renegado adopta la creencia de sus adversarios y la defiende con ahínco. Después del viraje neoliberal del Gobierno de Schröder, en 1999, se volvió a introducir la vieja redistribución de la riqueza de abajo hacia arriba. Los electores no lo entendieron'.
Creemos con Lafontaine que la renuncia a nuestros principios, a nuestra ética socialista, no sólo hace difícil ganar unas elecciones si no, lo que es peor, en caso de hacerlo hace inviable el desarrollo de auténticas propuestas socialdemócratas.
La perversión de la ideología socialdemócrata alemana reciente es evidente. Cuando el sucesor de Lafontaine en la cartera de Finanzas eliminó la fiscalización de las ventas de participaciones para sociedades de capital, y redujo sustancialmente el impuesto sobre las sociedades, Lafontaine comentó, con toda razón, que 'las empresas nunca habían sido tan generosamente tratadas por un Gobierno alemán'.
Así es imposible ganar las elecciones. Tiene razón nuestro compañero y estratega socialdemócrata cuando afirma que el intento de hacerse con los votos del llamado centro político utilizando políticas neoconservadoras es inútil. Lo es, símplemente, porque el elector prefiere a un partido de derechas para hacer política de derechas. Este error manifiesto conduce a 'La demostrada arbitrariedad y falta de orientación conducen a una improvisación en la que ya nadie sabe en qué dirección avanzar'.
Es propio de su dignidad pero triste, que por razones de coherencia ideológica y de pura ética, Lafontaine tomara la decisión de renunciar a todos sus cargos políticos en marzo de 1999.
Los partidos políticos actuales, incluyendo en gran medida a los partidos de la U.E., son en buena medida máquinas de poder corporativista que, a menudo, sirven ambiciones personales revestidas de supuesto contenido político; un lugar donde predomina la mediocridad y en el que el ciudadano ve imposible, ni reflejarse, ni integrarse. Todo ello producto, esencialmente, de una descomposición ética que ha creado una forma de pensar y de actuar cínica.

Propugnamos, en primera instancia, acabar con el profesionalismo de la política dentro de los partidos socialistas europeos. Establecer el criterio de excelencia en la selección de los cargos orgánicos del partido y en los servidores públicos, sometiendo a los seleccionados a una drástica limitación temporal en el desempeño de cargos orgánicos y funciones públicas.


Capital humano

A principios de la primera legislatura socialista, el PSOE remitió a sus militantes un cuestionario elaborado para averiguar la formación y experiencia de todos y cada uno de ellos. Dicha base de datos jamás fue utilizada por los responsables de entonces que, frecuentemente, basaron sus selecciones en relaciones personales y familiares.

Es preciso que hoy repitamos el intento con absoluta seriedad y establezcamos una completa y verificable base de datos que contenga la formación y experiencia de nuestros militantes, y decimos verificable, para evitar que personajillos indeseables nos vuelvan a engañar con datos inventados como sucedió con Roldán y con muchísimos más. Si lo hacemos, no será tan fácil el conocido camelo de volver a designar amiguetes bajo el disfraz de independientes ajenos al partido, supuestamente indispensables, por falta de recursos humanos propios. En todo caso debiera ser exigible la condición de simpatizante, conocido y registrado en la organización, previo dictamen de la comisión ética correspondiente.

Propugnamos igualmente que se reinstauren los métodos históricos de evaluación de militantes. Debemos volver a exigir que se nos acredite por los postulantes la aceptación de las ideas socialistas, que los aspirantes realicen un proceso de formación previa a la admisión y que sean examinados especialmente desde el punto de vista de su perfil ético para ser finalmente recomendados por al menos dos militantes históricos (con una antigüedad a determinar pero suficiente). Entendemos que es absolutamente necesario reimponer las referidas cautelas históricas para tratar de prevenir en lo posible el arribismo y la integración de indeseables, que pretenden exclusivamente ejercitar ambiciones personalistas, conllevando el peligro demostrado de fomentar la corrupción interna. No, somos el partido de Pablo Iglesias, de Besteiro, de Giner de los Ríos y de tantos y tantos seres ejemplares que permitieron en su día que concurriéramos a unas elecciones generales sin mácula, con el viejo slogan de “100 años de honradez”.

Propugnamos la creación de comisiones éticas en todas y cada una de las agrupaciones de los partidos socialistas europeos con dedicación inspirada a vigilar el comportamiento ético de toda la militancia y con especial dedicación a todos los representantes orgánicos y cargos públicos.

Proponemos que se elabore un reglamento ético radical y exigente, idéntico para todos los partidos socialistas de la UE, que permita la expulsión inmediata de todo aquel que transgreda el mismo, considerando como destacada transgresión cualquier muestra de amiguismo o de compadreo susceptible de influir en la selección de los mejores, pero sin obviar la obligación que tienen todos y cada uno de los militantes de observar la ética socialista en sus vidas privadas. Obviamente también propugnamos el desarrollo de comisiones superiores de control ético, a todos los niveles, para evitar corruptelas localistas.

Propugnamos en consecuencia un saneamiento ético profundo de toda la militancia socialista europea, estableciendo mecanismos eficaces de evaluación y de expulsión que resulten útiles para prescindir de todos los arribistas e indeseables que pudiéramos hoy tener. No debemos de sentir miedo alguno al reducir drásticamente el número de militantes pues, es seguro, que una regeneración ética seria de los partidos socialistas europeos, atraería de inmediato a centenares de miles de ciudadanos decentes y progresistas.

Particularizando en el escenario español, hemos de constatar, lamentablemente, que el problema de la no selección por criterios de excelencia, afecta a toda la sociedad española y no solamente a sus partidos políticos. Salvo excepciones, nuestras grandes empresas son un espectáculo bochornoso de familiarismo, amiguismo y de mediocridad en los niveles superiores de mando y decisión, el nepotismo y el compadreo desalientan a los muchos y buenísimos profesionales que trabajan en ellas. El problema afecta también –en distinta medida- a las empresas medianas y pequeñas, siendo la estructura familiar y de compadreo la que prima también en éstas a la hora de organizar y de mandar. El nepotismo generalizado explica, en buena medida, la escasa competitividad de nuestras empresas y la relativa ineficacia de muchas instituciones.

Emmanuel Kant, en su ensayo “Lo bello y lo sublime”, cuando personifica la honradez dice, literalmente, “como un comerciante español”. No sólo los socialistas españoles, sino todos los europeos, hemos de recuperar nuestro legado histórico de honradez y propugnarlo junto al objetivo esencial de la eficacia, en la vida pública y en la privada, el futuro de nuestras sociedades depende en gran medida de ello y consideramos que a los socialistas nos corresponde la tarea de promover el cambio predicando con el ejemplo, en nuestra vida diaria y en nuestra propia organización.

Propugnamos la inseparabilidad del concepto asociado de ética y estética. Somos los servidores de la ciudadanía y estamos obligados a la ejemplaridad y a la eficacia.

Propugnamos los valores de libertad, igualdad y solidaridad en su interpretación socialista clásica.

Propugnamos la libertad plena del individuo únicamente limitada por el entorno social, conjugando armónicamente los derechos del ciudadano con los de la ciudadanía.

Por ello nos oponemos a toda discriminación basada en la lengua, el sexo, la edad, la raza, etc. y en particular a la llamada discriminación positiva.

Nos oponemos a las políticas regionales de inmersión lingüística, por violatorias de la libertad individual y por la coerción ciudadana que conllevan, propia de una dictadura e inaceptables en democracia.

Propugnamos la igualdad en sentido pleno. Todos los ciudadanos europeos son necesariamente iguales en sus derechos y es nuestro objetivo esencial como socialistas el de procurar una completa igualdad de oportunidades de los mismos. En consecuencia nos declaramos adversarios de los nacionalismos periféricos, por entender que están situados en las mismísimas antípodas del socialismo europeo. Como Mariano Fernández Enguita describía recientemente, “el separatismo vasco o catalán, como el de la Padania industrial o la Escocia petrolera, es un movimiento antiigualitario, el intento de apropiarse de manera definitiva y exclusiva de un conjunto de recursos que la suerte inesperada o la historia compartida han concentrado en su territorio. Eso por no hablar de sus insultantes pretensiones de superioridad racial o histórica.”

Apoyamos la creación de un modelo educativo público europeo basado en criterios de uniformidad y de esencialidad. En lo que se refiere a enseñanza obligatoria, hemos de determinar lo que es esencial de lo que es complementario en la educación, centrando el esfuerzo en la enseñanza profunda de los temas esenciales, delimitando las asignaturas troncales, asignándoles el tiempo y dedicación que precisan y relegando las materias complementarias a un tiempo y dedicación adecuados e incluso suprimiendo algunas del nivel obligatorio si fuera preciso. A este respecto y por razones de entorno y practicidad, deberán de reforzarse enormemente la enseñanza del idioma inglés y de la informática, poniendo a disposición de los ciudadanos estudiantes sistemas de inmersión lingüística en inglés; en la Europa actual y venidera, un ciudadano lego en informática e inglés, es un perfecto analfabeto funcional.

Por todo esto, la Comisión Masdemocracia urge a todos los socialistas a sumarse a este proyecto utilizando las disponibles tecnologías comenzando con masdemocracia.

b) English

Manifesto: Masdemocracia 2005 - Europe


What we are: A grassroots think-tank that seeks to modernize European and Spanish socialism.

What we want: To represent a civic platform that aspires to generate sufficient organic weight so as to transform reality.

What we offer: The modernization of European socialism by maximizing the use of modern technology to improve participation, organization, transparency, and ethical control. We propose virtual means of eliminating barriers based on time and distance, frontiers and languages.

Proposed action: Activism and participation, beginning with masdemocracia.com, toward the creation of a network of new virtual spaces together with other federations and nations throughout Europe.


Declaration: Masdemocracia think tank


This Manifesto proposes the updating of European socialism via an Ethical-Pragmatic approach. “Ethical” by focusing on a rigorous regeneration project, indispensable in order to recover the historic identity of the Spanish Socialist Workers Party, and convenient for all the other socialist political parties of the European Union. “Pragmatic” because it proposes realistic solutions to preserve and to fortify the socio-political model of the social welfare state.

Democracy is a system whose essence radicates in citizen participation. The progressive deterioration of political parties and trade unions has given rise to new fashions or philosophies of rousseaunian type that seek to stimulate the creation of citizen-based collectives with the supposed purpose of inspiring the rulers about how to meet demands to satisfy the citizenry.

This republicanist or citizen-based approach is without doubt well-meaning, but evidences an excess of ingenuousness, hardly admissible in times of globalized financial schemes. The movement toward what may be called protest democracy borders on populism and involves dangerous consequences stemming from a population saturated with problems and easily led by the media toward mobilizations.

We socialists are not liberals, or libertarians. Both terms are trademarks with precise definitions pertaining to followers of Adam Smith and to anarchists. We are neither in favor of consecrating human greed, nor of supporting utopias that materialize in disorder.

We reject Giddens’ social-liberal formulations because they are intrinsically at odds with socialist egalitarian principles. Experience demonstrates, furthermore, that wherever they are applied, a degradation of social services follows.

To be efficient, citizen response requires the participation of political parties and trade unions. Political parties are organizations whose true power lies in their capacity to govern; this power is sufficiently strong so as to enable them to defend the citizenry from exploiters and interested manipulators, in particular the so-called “Fifth Estate”.
Consequently, what is urgently needed is a real and profound ethical regeneration, both within political parties and within trade unions. Here we will strive to propose solutions pertaining to socialist parties; in reference to trade unions, from this manifesto we invite our brothers and sisters in the UGT and other socialist unions within the EU to proceed along the same path.


Socioeconomic praxis


1. Diagnostic

From a pragmatic point of view, the panorama is disheartening. As Javier Paniagua recently described, “theoretical and practical neoconservatism, which recently expanded with assorted strengths and nuances throughout Europe and the USA, provoked a convulsion within the Left which caused it to seek alternatives to the impetus of neoliberals, who had begun to question the fact that a State-led policy of social assistance constitutes real progress for the majority. Thatcher’s popular capitalism, or Reagan’s cutbacks on social spending, following the theories of the University of Chicago, left a deep mark during a time in which the Berlin wall ceased to exist and centrally-planned economies were falling by the wayside. It was then that Fukuyama spoke of the end of history and the definitive victory of political and economic liberalism. No longer was there an alternative to the free-market economy. Social democracy reacted by drawing attention to the weaknesses of the free-market economy when confronting social inequality, highlighting the need for the State to practice a policy of distribution that would alleviate the distortions caused by a market left to the whims of economic interests, as well as reacting against what they qualified as a unified worldview that attributed to conservatives the idea that the differences between left and right had begun to disappear, since everyone accepted the system of free political concurrence and capitalism, because it occurred to no one to propose the socialization of the means of production. Everything seemed reduced to a question of nuances. It was the sociologist Giddens who gave Blair the theoretical elements to apply to what has been called the third way, as an intermediate formula between liberalism and social democracy, between the need to accentuate the liberal economy and control public spending in order to avoid the waste that had plagued the social welfare state on many occasions… Something that somehow the governments of (Felipe) Gonzalez had already put in place without theoretical formulation, and that the Aznar administrations continued in general terms with their own nuances, despite the fact that clear differences were highlighted in the language of political rhetoric. But in fact they were alluding to administrative capacity.

Clearly, one of the fundamental elements of the current political debate is to highlight the disposition, the relations with social collectives, the capacity to listen carefully to the demands of different collectives, or to display efficiency and honesty when carrying out political projects so as not to fall into shoddiness, which does not represent any substantial difference with other political options. But modern socialist political theory is further diluted day by day and limits itself to repeating commonplaces… ”

Similarly, Juan Pablo Fussi recently recalled that “just as it has been losing its grand myths and founding ideas (revolution, socialism, equality, class struggles…), the thought on the Left has been channeling itself toward a bland and sentimental thinking, well-intentioned, but a vague and unquestioned acceptance of universal concepts of peace and dialogue between peoples and cultures, humanitarian interventionism and solidarity on earth, the emotional alibis of a comfortable society devoid of morals to get to the root of things and so to implement often- dramatic decisions that would lead to a solution, (and as such, in Spain, the obligation of all honest thought is to dissent against this pseudo-left, to rebel against this weak and inefficient knee-jerk sentiment prevalent in our intellectual life). The problem of the socialist incapacity to articulate a differentiated political concept that involves and incorporates new realities is not only a characteristic of Spanish socialism, it appears throughout Europe and forms part of the current barriers facing socialist parties, fully immersed in the avatars of daily politics…“

The previous analysis is correct but superficial. To adequately delve deeper into the diagnostic, we will substantially lean upon the conclusions posed by Juán Torres López in the “Salamanca Meeting. Alternatives for the XXI Century. Salamanca 2002.”

The citizens of the real world, and particularly socialists, are faced with a new world financial power, stemming from the extraordinary growth of financial flows made possible by the renunciation by States of their own means of monetary regulation (except that regulation absolutely necessary to give maximum freedom of movement to capital and financial resources).

Since 1980, the total volume of financial activity has grown 2.5 times faster than the combined GNP of the richest industrial states, and currency, bond and stock transactions have grown 5 times faster. The currency market shows, perhaps more clearly than any other market, the dizzying growth of financial operations and their progressive detachment from real exchange operations. In 1960 approximately $15 billion dollars’ worth of operations were transacted daily, in 1980 $60 billion-worth, and in 1995 1.5 trillion, an amount that contrasts starkly with the nearly 650.000 million dollars which in 1995 represented the total cash reserves of the industrial states, and which clearly demonstrates the lack of state control over these operations, as well as their estrangement from normal exchange operations in goods and services. If instead of currency we spoke of total financial capital assets, we would see that the volume that lies in private hands is more than five times that held by governments.

This increase in the flow of operations, in reality involves negotiating increasingly new types of financial securities and negotiating securities that once were not negotiable, in an endless vicious process. Today it is estimated that in the European Union alone there are 13 trillion dollars in financial instruments, currently non-negotiable, but which expect to become so if the present trend continues.

The general causes which have led to this paradigmatic increase in financial flows are varied but can be resumed as follows:

a) The increased transactional speed offered by new technologies.

b) The decreased protagonism of banks in their role as credit providers, due to the generalization of other types of currency that do not come from traditional banking activity.

c) The rise of “new” protagonists, known as “institutional investors” (investment funds, insurance companies… ), namely, companies that are set up to gather private funds and use them to play the financial markets. These institutional investors do not receive the funds in order to make true investments, but rather to purchase other currency and thus obtain benefits: they do not operate exchanging paper for merchandise, but paper for paper. They seek benefits and liquidity by the most immediate means, thus provoking great instability in the markets. Without a doubt, it can be claimed that this risk and instability constitutes the rallying note for the new financial markets to obtain quick and considerable benefits, a consequence of generalized speculation and fertile ground wherein to grow new financial activities. The spectacular growth of notes from these institutional investors is revealed by the fact that the total amount of their operations represented, in 1980, 59% of the GNP of the US, in 1993 it had surpassed 126%, and in 2000 it had reached 207% of its GNP.

d) Institutional investors base their business on selling as quickly as possible, and at the highest profit possible, the securities they have acquired in the markets. This means that they seek to operate with very liquid securities, those that can be quickly sold. Here we also have a paradoxical treatment. On the one hand, to do more business they need to get their hands on more securities, but the only securities that remain are those not as easily tradable. So they must find a way to make negotiable those securities that are not, through a process known as “securitization” which in effect is to create “derivative” financial products, to make negotiable what once was not so, covering with new paper the previous paper which can now be negotiated because the new one exists. This constitutes, without a doubt, a process too complex because of its simplicity, one difficult to understand for normal people but which can be explained if one can visualize the purchases companies make of their own stock, or that of companies within in their own business group, in order to sell them once again and repurchase them and thus increase returns without there having been any real change in the company’s structure, in their overall holdings or, certainly, its real production, when we’re dealing with securities from manufacturing companies, since when we are dealing with paper over paper operations, they need not be based on anything real, only perhaps the expectancy that someone might be willing to purchase them in their turn.

Among the institutional investors that carry this type of operations to extremes we find products like hedge funds or immunized funds, which thanks to the liquidity of the loans they acquire, seek to gain new liquidity (in operations called “leveraging”) by generating new products, new investment schemes practically custom–made for each specific client.

These funds have managed to utilize up to 250 times their own capital value, but they produce such a high speculative paroxysm and assume such high risks that they face the danger of bankruptcy as happened in 1998 with Long-Term Capital Management (LTCM). This despite the fact that among its executives they had two Nobel Prize winners and an ex-president of the Federal Reserve, who had always defended the free market system, the benefits of competition and the perversity of government intervention - the Federal Reserve had to intervene and rescue LTCM.

The unstoppable growth in financial flows was followed closely by the practical elimination of borders between local markets so as to take advantage of the slightest option for profit, today even more feasible through the internet. From this stems an inextricable web of operations that constitute the sum of movements in many fragmented sub markets.

Finally we must keep in mind that these processes have developed in a very specific context: That of the extraordinary influence of the dollar (and thus of American monetary policy) over the whole panorama of international markets.

The dollar has acted and practically acts as the currency of global reserve. Thanks to the enormous economic power and political influence of the US, they have been able to forge over the last few decades a monetary policy, and generally an economic policy, oriented toward drawing capital to the US - an unprecedented drain that has provoked great instability in global financial markets, and which serves to maintain the highest deficit in the world and to finance the military hyper power that operates unreasonably via “preventive war”.


The new power

The “financialization” that has characterized the world economy during the past thirty years has involved a new type of power, a different form of governance over economic relations, new decision makers, new values linked to it and consequences not only economic and financial, but also purely political.

The necessary legal changes have been implemented with extraordinary discipline and diligence by every nation on Earth, practically without exception, commanded by organisms such as the International Monetary Fund or the World Bank, faithful guardians of monetarist orthodoxy and chief interpreters of the basic liberal catechism which has served as ideological cover so that the exchange of power that has occurred does not become too evidently unjustifiable.

The regulatory action carried out deals with five principal areas:

a) Full freedom of movement of capital, which has permitted the expatriation of capital, forming a new world geography of money which has achieved the dream of making the planet a single market.

b) The privatization of the practical entirety of financial systems in order to place public resources in private hands, in most cases strengthening already powerful economic groups or even generating new ones stemming from shady paranational interests.

c) The liberalization of access to private and public savings, especially in the case of pensions, which has allowed financial groups access to a real treasure trove from the savings of millions of families. This constitutes the bottomless wallet that makes possible those speculative operations that offer million-dollar gains to owners or administrators of funds, instead of to the people who generated the funds in the first place.

d) The establishment of autonomous regimes in central banks which, although in the new monetary scheme they give up a great deal of their regulatory efficiency, have become decision makers completely shielded from democratic control.

e) Finally, the need to combat inflation has become a strict criteria of economic policy, which has provoked the establishment of a rising tension in interest rates and, generally, policies clearly favorable to those that possess financial resources.

In order to consolidate the new economic order, a true exercise in state intervention has been carried out, thus demonstrating that it is not true that public regulation has been renounced, but that this has been done with other interests in mind, with other objectives as well as with different distributive results.

These modifications in the international monetary order have provoked very important consequences or effects over the overall development of economic activity, over monetary regulation and the role of monetary policy, as well as over the general conditions under which democratic governance can be carried out in modern societies.


Deterioration of the real economy

The results of the spread of financial speculation and the fact that with it one can obtain much higher returns than those offered by the creation of true material wealth are obvious: a permanent drain of resources toward financial circuits and a subsequent loss of real investment.

The progressive concentration of resources and interests in financial flows has imposed upon governments the application of deflationist policies which favor economic decline, due to the continuous drainage of resources toward the speculative economy in detriment of the real economy, and because the mere threat of exporting jobs, or of higher interest rates, depress investment even further and make more expensive the credit required to finance productive activity by stimulating reductions in salaries, which in turn weakens global demand for European goods and brings more unemployment, more unstable jobs and, generally, a trend of slow growth and economic expansion.

Also, this financialization implies high return rates because it is tied to a high risk, and such a high level of insecurity and risk provokes a permanent instability over the entire economic system.

The traditional functions of an economic system consisted in mobilizing savings in order to transform them into productive investments, capable of facilitating the worldwide interchange of goods and protecting economic concerns from risk itself. A simple glance at reality shows us that today they are in short supply.

The focus of banks today is to administer and place securities in financial markets, instead of facilitating the flow of resources from savings toward investments. Even central banks engage in speculative operations, often bordering on illegality. Like Peter Gowan states, according to a study carried out in 1996 among Swiss banks – no less than eight Swiss banks were “strategic investors” at LTCM.

The changes carried out on the current financial regime also modify the role of interest rates upon the economy.

It used to be, interest rate policy could be utilized fairly effectively for managing monetary movements, because the supply and demand of bank money responded favorably to modifications. Today, the operations carried out in financial markets, much more atomized and fragmented, easily bypass the monetary discipline imposed by interest rates, precisely because we’re dealing with operations designed expressly to play on the fluctuations on the prices of securities and the oscillations of interest rates. This means that interest rates are no longer the baton that conducts monetary movements, but rather the indicator that shows in which direction the investment must be moved in order to achieve maximum returns no matter how it evolves, up or down, because profitable operations can be made in either direction.

Lastly, the generalized use of currency markets for speculative purposes rather than for facilitating commercial interchange means that the rates of exchange become increasingly dependent upon the results of speculative financial movements rather than deriving from the state of real movements. This is especially damaging in market economies where prices supposedly play a determining role as indicators and reference points for the efficient assignation of resources. This means, then, that an unfortunate result of this financial hypertrophy and of the generalized speculation is that it makes it impossible for international markets of goods and services to function efficiently because their price-setting mechanism is biased, becomes altered by the movements imposed upon it by the financial flow.

When financial business was based upon the generation of bank money via the issuance of loans to economic agents, the money providers were principally interested in that the loan-takers demonstrate the highest possible solvency, and thus a logic of stability and economic strength be imposed. On the contrary, in today’s prevalent financial cash scene, institutional investors are principally interested in that the securities that can be bought and sold are as attractive as possible from the viewpoint of immediate profitability. This type of logic imposed by financial investors forces companies to generate the highest immediate profit. Thus, the generalization of institutional financial investment has brought along with it a new and differentiated sort of business administration style, oriented above all toward facilitating the placement of securities, either by offering very high short-term profits, or by artificially inflating the company’s market expectations. These sort of strategies are what have made company stock values grow all out of reason, even though their real activity has barely been modified. This is what has given rise to the so-called New Economy, to the success of dotcom businesses and to the spectacular increase in company benefits during the past few years.

Behind all this, however, there is a permanent increase in expectations and an unreal growth in the value of companies, which provokes permanent cyclical up-down stock market trends. We are face to face with the “casino” Oskar Lafontaine spoke about.

An inevitable result of the huge and unproductive expansion of payment methods has been the channeling of immense flows of money toward illegal and criminal activities which, paradoxically, have been permitted by the very governments, and especially, by the government of the US, which was always opposed to what it calls “fiscal intervention”.

When speaking of the criminal economy, reference is made to an incredibly vast range of activities involving economic effects, but which are carried out beyond the reach of the rule of law. This can involve activity in illegal arms sales or nuclear wastes, prostitution, clandestine gambling, all sorts of extortion, “protection”, trade in illegal merchandise, kidnappings, falsifications, black market currency exchange… and principally the drug trade which by itself constitutes nearly half of this criminal economy, and which in our time has developed, in absolute and relative terms, further than any other.

According to estimates carried out by international organizations such as the IMF or the UN, all of these activities involve nearly a trillion dollars annually worldwide, though the combined economic value of criminal holdings is logically much higher. And if we take into account legalized, or “laundered” investments, those made with funds stemming from criminal activities, the estimates cited above demonstrate that the actual amount of business in 1997 might have reached three trillion dollars.

Thus we are dealing with a business with great economic impact, since it represents nearly 8 percent of all world trade, 4 percent of global GP, and is equivalent, for example, to the entire world’s textile industry and greater than the automotive industry.

On the other hand we must point out that half of all international financial transactions are funneled through so-called offshore tax-havens, authentic no-places of finance in which the absence not only of taxation, but of any real control, allow large banks and institutional investors to carry out their operations disregarding what in their own countries would be absolutely prohibited.


Increase of economic inequality

An economy increasingly oriented toward speculation and unproductive activity, one that finds itself increasingly determined by the interests imposed upon it by one particularly influential territorial power, cannot but have an inevitable corollary: the continued increase of economic inequality. A few facts permit us to corroborate this claim.

If we make GDP per head in 1980 equal to 100, the evolution of some countries and zones has proceeded along the following lines up to 1999: the US has gone from 482 to 637, low-income nations from 13 to 8, those with middle incomes from 83 to 40, those with high incomes from 406 to 526, sub-Saharan Africa from 29 to 10, southern Asia from 11 to 8, and east Asia from 15 to 20.

From another viewpoint, it turns out that in 1980, 82% of the world’s population produced 29% of global wealth. In 1999, 85% of the world’s population produced 21%, which means that its capacity to create wealth, in other words: its productivity, has decreased considerably.

In 1980, the 1.3 billion residents of the poorest nations were 22 times less wealthy than US residents, while in 2000 they were 86 times poorer. The global wealth of underdeveloped nations in 1980 was 14 times lower than that of the US, and in 1999 it was 26 times lower.

Evidently, the causes of this increased economic inequality are not only monetary and financial, but we must admit that the financialization process has decisively aggravated it, at least due to three fundamental reasons.

In the first place, because the United States has managed to externalize the high costs of financial crises provoked by the speculation carried out by its companies and institutional investors, which means that the rest of the world must finally bear the consequences and suffer negative effects upon their levels of employment, their macroeconomic equilibrium, and upon their very capacity to generate economic activity.

In second place, because the restrictive monetary policy that has been generally imposed, of high retribution for the holders of financial securities, logically favors those who have them, which tend not to be the lowest-income social groups, but rather the sectors already over-privileged and the most powerful nations, toward which savings is usually channeled when there is freedom for movement of capital.

In third place, because the deflationist policies that accompany financialization result in an increase of unemployment, reductions in public spending, a weakening of the public sector, less public investment and, generally, not only a worse quality of life but also a lessened capacity for the creation of wealth, which punishes most severely those sectors or territories already most needy and impoverished.


Central banks

Monetary policy is reserved to central banks by proclaiming their neutrality and by claiming that its governance only implies technical and not political decisions, and this leaves out of the discussion anything referring to the conditions under which financial relations develop in our societies. If from an external authority, certain strictly monetary restrictions are imposed, all other policies are being conditioned: the central bank not only has influence over money, but also over fiscal issues, public spending, social policies, etc.

The above implies an effective loss of the capacity to govern within each State.

On one hand, interest rates and exchange rates are imposed from outside (interest rates by the combined effect of the decisions of central banks and financial markets, and exchange rates in turn by interest rates, more than by the governments’ own commercial policies). National States find themselves practically out of the loop concerning the manipulation of key variables to achieve macroeconomic equilibrium.

On the other hand, since the movement of capital enjoys absolute freedom, governments lack any real autonomy to impose themselves upon the will of the markets which move at international levels, except in the case of the US, which thanks to its economic power and to the role of virtual reserve paper that the dollar enjoys, is able to influence market dynamics with certain discretion.

In reality, then, national governments retain only the possibility of behaving as more or less willing executors of economic and monetary orthodoxy.

The increased protagonism of independent central banks as executors of monetary policy produces itself within the paradoxical situation including the loss of their own capacity to control financial flows.

Financialization has ensured that the monetary mass be composed of a new variety of securities and that this not be tied principally to the bank-held cash that central banks might control more efficiently through the traditional instruments of monetary policy (banking coefficients or discount rates). Even purely credit operations are no longer carried out by banks in such exclusive proportions as before. According to Saskia Sassen: “Thirty years ago, banks carried out 75 percent of all short- and medium-range credit operations. Today, commercial banks’ participation in the total of financial transactions has fallen from more than 50% to little more than 25% in the last seventy years”.

Central banks today have a much lower capacity to intervene over purchase and sale operations of cash or securities of all sorts, which today constitute the bulk of financial transactions. First, because they are movements which do not respond directly to the traditional instruments of monetary policy enjoyed by central banks and, second, because banks’ reserves are excessively limited in relation to the total volume of operations transacted, which greatly restrains their capacity for control.

The permissive attitude toward fiscal havens and opaque financial products, conceived precisely to elude fiscal and monetary controls, also limits central banks’ capacity of action as final controllers of monetary offer.

And lastly, the generalized practice of “spinning–off, or deriving” financial products, namely, to cover ones with others precisely to avoid unwanted changes in interest rates means that not even the manipulation of this last variable has any real efficiency over today’s financial flows.

Definitely, then, it cannot be said that central banks have become authentic holders of monetary power. In reality, they are limited to play a triple but much less important role: that of jealous guardians of rhetorical orthodoxy, that of zealous controllers of governments’ economic policies, and that of more or less attentive cheerleaders of the compensation movements that the increasingly unstable financial markets demand, something which they do not always achieve given the successive and grave crises evident over the past few years.

Today’s effective monetary power is found in the hands of large institutional investors, multinational corporations, and generally in the possessors of the immense and very concentrated volumes of financial resources which are incessantly mobilized within the markets. The sphere of hypertrophied flows and financial operations this produces, is connected to the real circulation channels through the influential and decisive role of the US Federal Reserve.


Weakening of democracy

The consolidation of a power that tends to evade institutional control to install itself within the markets brings with it, as an inevitable corollary, an effective weakening of democracy which manifests itself, at least, in three great dimensions.

The new forms of monetary regulation, as well as the mechanism of compulsive financialization of economic activity itself imply a progressive loss of impulses toward the growth of economic activity, loss of local jobs, lowered capacity for the creation of wealth, lower overall employment and, generally, a loss of the greater level of social welfare which is associated with the European productive economy. This means that the new monetary power brings along, like any decision concerning the means of assigning resources, a determinate redistributive solution, and in this case one different to that which could be attained if the production of goods and services were favored, or the creation of jobs instead of financial speculation.

Keeping in mind that this power is increasingly exercised outside of the realm of the institutions where all social interests are represented, albeit formally, it turns out that the consolidation of this new monetary power means, among other things, that it imposes a distributive norm without social debate, without allowing social collectives which do not have sufficient financial clout to try to improve their lot in the distribution of the social product.

Not only is formal democracy thus weakened, thereby leaving out of the picture a sphere extraordinarily important for the whole of social interests, but also democracy is literally prevented from being a process that allows social groups to improve their own participation in the distribution by peaceful means.

As Noam Chomsky stated, quoting Atilio Boron, “the kind of financial liberalization that opened the neoliberal era in the 1970s reduces the options for democratic choice, transferring decisions to the hands of a ‘virtual senate’ of investors and lenders. Governments now face a ‘dual constituency conundrum’ which pits the interests of voters against foreign currency traders and hedge fund managers ‘who conduct a moment to moment referendum’ on the economic and financial policies of developing and developed nations alike, and the competition is highly unequal.”


Predominance of decisionmaking organisms and institutions with a non-democratic character

It is not by chance that the consolidation of this new monetary power is based and is exercised precisely, in the best of cases, in institutions where there exists no democratic representation of interests. Organisms such as the International Monetary Fund, the World Bank or the World Trade Organization are constituted and act with a total absence of guarantees and minimal democratic controls and do so only with the aim of safekeeping the interests of the new US financial power, and in much less measure, that of a few satellites of the empire.


Diffuse power

Alternatively, the full freedom of movement guaranteed to money markets and the willingness of governments to renounce control over affairs has allowed the materialization and consolidation of a great number of mafias, of groups linked to terrorist activities, and an array of criminal investors who make up what Susan Strange has called the “diffuse power” typical of our age.

Monetary power functions as a sort of magnet around which a multitude of actors and interests fight to attach themselves as best they can. Even governments and central banks, institutional investors, banks and multinational corporations, delinquents and international terrorists, NGOs, even churches and certainly organized mafias, many of which are more powerful than some States, make up a true government in the diaspora, a great zone of democratic non-government, or a zone “in the shadows of justice” as Robin Blackburn states, referring to pension funds, where they struggle viciously to split up, in the darkness of opacity, the fruits of their enormous and constant speculative activity.

The financialization from which this modern monetary power stems, dilutes the frontiers between national and international concerns and blurs the distances between legitimate and criminal activities, between public and private interests or between business and fraud.


A mortgaged citizenry

The consequences of all this point to an effective loss of sovereignty and a bankruptcy of the citizenry. The dominant monetary regulation is not only intrinsically undesirable since it carries with it the consequences we have analyzed, but also, and above all, because it itself applies and imposes a determined profile onto the bulk of political and economic policies.

Where deflationist policies have been generalized, the interannual rate of growth of the GDP is not the only variable affected. It has also produced a loss of jobs overseas, unemployment, job degeneration, lower social spending, etc., and with them has come a real redefinition of social and individual rights which has required an efficient culturization strategy, assimilation of new social values and new rules of social and even individual behavior.

The large investors have, then, an effective capacity to decide and to modify social preferences, they are the new “voters” in our societies, or at least it corresponds to them to vote on the greatest and most decisive questions. The new monetary power has allowed capitalism to realize its greatest dream: that markets substitute citizens.


2. TREATMENT

We socialists urgently need to face up to the tremendous neoconservative challenge posed by the financialization of the economy, but also to the lack of confidence that citizens have on their institutions, and the effects of neoliberal policies, namely, uncertainty and insecurity in the workplace, despair and more than justified disinterest among the youth, degradation of public services, the terrorist threat and decreased public safety, illegal immigration, housing speculation and many more problems that embitter Europeans as well as the rest of humanity.

European citizens feel that we are incapable of standing up to the challenge of globalizing neocapitalism due to a lack or a confusion of ideas, the supposed ineptitude of our leaders and a lack of visible courage to confront exploiters, and to propose effective solutions that will impede the total destruction of the social welfare state.

In this respect, we are convinced that there exist no effective solutions from the orbit of the National States of the European Union.

In our own European environment, at the transnational level, we have only the PES (Party of European Socialists), created in 1992, after the European Union Treaty which, in its Article 138A, recognizes the importance of political parties in Europe. The PES succeeded the Union of Socialist Parties of the European Union, which was founded in 1974.

The slightest analysis that we can make about its operational capacity to offer solutions to the problems we face in the EU would give us a poor result, bordering on inefficiency, which becomes evident when we realize that the socialist membership ignores even its very existence. The PSE is vertically organized and, just as the current model of government in the EU, and designed in its image, it is completely lacking in democratic representation because it functions from above down. Here it is not the States which make or unmake, but rather the directives of the state socialist parties. The reality of the PSE today is disheartening, since it solely serves to try to coordinate national interests in a sort of socialist club, with the purpose of establishing majorities in the European Parliament.

With this evidence in hand, we propose the creation of an authentic SOCIALIST PARTY OF THE EUROPEAN UNION (SP-EU) as a single electoral point of reference, in each and every one of the nations within the Union, to present candidates to all sorts of elections.

In an initial phase, it would seem to be a simple but significant change of nomenclature, but in reality, it would invoke a permanent constituent process geared toward maximum homogeneity of all state sections of the SP-EU, with the final objective of offering the membership and the European electorate a global option of coordinated governance, even from within the evidently improvable governmental representation of the EU. The SP-EU would generate excitement among European citizens and would be capable of properly motivating the strengthening of the European Parliament in order to impel it toward the levels of representation and power that state parliaments enjoy in their national dimensions.

We the citizens of the EU have very clear symbols of common identity consistent within the so-called “social welfare state”, an indisputable success of social democratic parties. This is what differentiates us from the US, from Japan, from China and from all of our other competitors. This is what makes us authentically European and transforms this continental space into the most civilized space on planet Earth. If we lose this essential identity, civilized Europe will not survive and the subsequent economic decadence will atomize us in a not so distant future. But still today we possess the definitive weapon, which consists of being the greatest market on the planet, and what we propose here is that this weapon be utilized to guarantee the survival and the development of our welfare state, but also to extend social justice and humanism to the rest of nations as an integral part of our global socio-political strategy. We propose, in simple words, to humanize the world.

According to the “Annual Employment Report (2003)” of the International Labour Organization (ILO), half of the workers of the planet, about 1.4 billion workers, are trapped in poverty and they and their families cannot earn more than 2 dollars daily. Of these, 550 million live in even more extreme conditions of poverty, since they barely earn one dollar a day. Jeff Johnson, co-author of the report, has indicated that the problem is still more severe if we consider that to these poor workers, 514 million more persons will be added who will enter the workforce from now until 2015, and he warns: “ if nothing is done now to face this situation, the problem will soon be out of control”.

The report indicates that 185.9 million persons were unemployed worldwide in 2003, which represents the peak of the iceberg of the problem of a lack of decent employment, since seven times that number have work and yet live in poverty.

Since the famous Uruguay Round of the GATT, we have come to meekly accept the financialization or partial globalization of the world imposed by the USA and by the new financial power. With it we have lifted all barriers to speculation and to the savage exploitation of human beings and more particularly the bleeding of those two billion vulnerable human beings who exist, willing to work for one or two dollars a day, but we have not globalized social rights, nor human rights. It’s difficult to avoid the sensation that we socialists have surrendered before the USA model.


Variable and updateable social- and eco-tariffs

We propose, as an unifying strategy, that the European Union raise social-tariffs against nations which do not have, nor desire, a democratic and social model similar to the European model.

Among other good reasons, to avoid the savage exploitation of the citizens of developing countries, and of the environment (Kyoto Protocol), at the hands of international exploiters and their local officials (frequently corrupt and autocratic). Also because the social dumping carried out by nations with retrograde economies upon the workers and businesspeople of those nations that do enjoy a system of protection and social welfare, becomes lethal in fixed terms for their very survival.

As social democrats and members of the Socialist International, we are obliged to adopt policies against slavery and macroexploitation of the weakest and to defend, improve and extend the systems of protection and social welfare that our predecessors created.

We are also obliged to fight against the degradation of the environment in the name of cash, which threatens the natural future of generations to come and of life in general.

Thus we propose a system of variable social and ecological tariffs, revisable and updateable annually, depending on the progress and the level of development of human and social rights, and of adherence to specific international initiatives such as the Kyoto Protocol, as it occurs in those countries that pretend to do business with the EU, and this within two thresholds of differentiation.

The first one of low social-tariffs, applicable to those nations which have weak prime economies, who will be required to carry out the same democratic and social improvements, but at levels relative to the reality of their economies.

The second, basically composed of the nations known today as cheap-labor competitors to our own nations, with a maximum level of requirement and high and dissuasive social-tariffs, although also revisable and updateable annually and lowered to the degree that these exploiter-nations progress socially and democratically.

In practice this would mean that nations such as Argentina, who do have a European model independently of their circumstances, and whenever their effort in social spending is proportionate, would have zero social-tariff.

Other primary-economy nations such as Mali or Senegal, for example, would also have practically zero tariff if they implement social and democratic reforms in accordance with the European model, all this with a rational and progressive timing.

For the reasons indicated, the social-tariffs applicable to China and India could be quite high, depending on the diagnosis, and also those applicable to other Asian nations.

On the contrary, nations such as Canada, needless to say would incur no social tariff at all due to their perfect fit within the model we propose.

As we have stated earlier, the financialization of the world economy and its predatory effects upon the real economy of goods and services proceed from the USA. Clearly, as a strategy, its visible origin is in the neoconservative, imperialist and socially retrograde United States, and is also conceived as a basic instrument of world domination.

This financial globalization is an americanization which manifests itself in multiple aspects: above all, in the use the US has made of its great financial, economic and political power, in order to govern monetary policy and all economic policy for its own benefit, while offloading the costs of these policies upon the rest of nations. And, particularly, in the generalization of national policies imposed from international organizations that the US directly controls, even in the tendency to homogenize mercantile laws worldwide to make them conform to US tradition, or in the progressive imposition of rules and regulations emanating from the US relative to judicial practices, auditory practices, credit classifications, accounting, etc. which end up being the suit in which international financial relations dress themselves.

If anyone should harbor doubts concerning the previous affirmation, we encourage them to the direct words of ex-Secretary of State Madeleine Albright: “For globalization to work, the US must have no fear of acting as the invincible superpower it is… the invisible hand of the market will never work without an invisible fist. McDonald’s cannot expand without McDonnell Douglas (manufacturer of the F15). The invisible fist that guarantees worldwide security for the technologies of Silicon Valley is called the army, the air force, the navy, and the marine corps of the United States” (in New York Times Magazine, March 28, 1999).

Because of this it is certain that if the EU carries out the proposed plan, a confrontation with the USA will be inevitable. This confrontation must be accepted, with all of the consequences, because we are right and because as socialists we have the duty to socialize and humanize the planet. This policy would certainly give us Europeans worldwide supremacy without the need to terrorize the world with brute force.

The qualitative reference of measure for tariffs, can be extracted from the very Constitutional Treaty of the EU, especially its Constitutional Project.

The tariff collected under this system would be used, entirely, for structural and material development projects within those States that agree to promote the European model of social welfare, of a redistribution of income, through a new program which we would name “Dignity for All”, and which would establish the necessary checks and balances to guarantee the correct appropriation and use of the funds. This program would seek to ensure that every nation that subscribes to it has the same levels of social spending and social protection as that enjoyed today by the states of the European Union.

It is also evident and publicly well-known that the world is headed toward an unsustainable environmental situation, whose devastating effects will be felt within at most 50 years, caused primarily by global warming.

The only practical action taken, although a very limited one, to prevent this disaster has been the Kyoto Protocols guidelines. The passivity of major states that refuse to sign and implement these protocols obliges us to develop active and coercive policies toward those states and their companies.

We propose the creation of eco-tariffs, to be applied to products and services from nations reluctant to sign the Protocols. Obviously, these eco-tariffs will vanish as soon as these nations sign and apply the existing as well as any future protocols in defense of the environment.

Companies from those nations not willing to sign such protocols will also be able to apply to the EU for a “non-polluting industry” certificate, indicating that it respects the guidelines established in the Kyoto Protocols. This certificate would allow these companies to wave the application of eco-tariffs upon its products.

Just as with the social tariffs, the funds collected under this system would be applied entirely toward environmental protection programs in participating States, especially the neediest among them.

Research+Development+Innovation
In modernizing Socialism in Europe, particular emphasis should be laid on efficient means to reach full employment. Therefore, special attention should be paid to Research and Innovation which guarantee the creation of thousands of new jobs if exploited to the fullest. In fact, Europeans have hitherto been unable to make the most of the extraordinary potential of Research.
Three structural hindrances can account for their lagging behind such other countries as the United States of America and Japan.
Firstly, Research is too fragmented with numerous Research agencies, diverging Research programmes and priorities.
Secondly, the budget allotted to Research leaves a lot to be desired. In 2002, R&D intensity, i.e. R&D expenditure as a percentage of Gross Domestic Product, in the European Union did not exceed 1.93 % whereas the US and Japan devoted 2.76 % and 3.12 % to R&D respectively. Ideally, member states should spend 3 % of their GDP on R&D in accordance with the Barcelona 3 % objective. This is far from being the case with the exceptions of Finland (3.51) and Sweden (4.27).
Lastly, Europe fails to transform its knowledge into innovations, i.e. marketable products, which considerably hampers the reinvigoration of our competitiveness. The Lisbon Strategy, aimed at making of Europe the most competitive knowledge-based society in the world by 2010, will remain a utopia as long as these impediments have not been done away with.

Politicians willing to improve the conditions of R&D in Europe should come to the realization that the European Union has armed itself with sound policies and tools. They should not hesitate to make use of them in their quest for a higher level of competitiveness. For instance, the European Research Area was launched in 2000 in an attempt to establish a solid European R&D policy, facilitate the coordination between the myriad of national R&D agencies and clamp down on any obstacle to the free circulation of researchers in the EU. Furthermore, they should encourage their industries, universities and research institutions to resort to the 6th and soon 7th Research Framework programmes as a source of funding to boost their R&D efforts. Knowledge garnered through R&D is priceless and can ensure our survival as of one of the leading world economies (Mr. Phillipe Busquin, Member of the Socialist Group in the European Parliament, Member European Parliament, Vice-President of the Socialist International).

Other necessary policies

In a recent book, Oskar Lafontaine strikes out against the European Stability Pact and the “fetish of the independence of central banks” and repeats his authentically social democratic proposals to regulate the exchange rates between the dollar, the euro and the yen, and to introduce a tax on speculative monetary flows. We back these proposals utterly and we propose a few others as well.

We socialists ought to be in agreement on a few basic ethical principles.

- That what’s important in society are human beings, and economic activities must be essentially geared toward meeting their needs, and the satisfaction of these needs must not be left to the mercy of the markets and the inhumane logic of personal lucre.

- That the unproductive use of resources must be penalized and its incentives eliminated, by every means, and at the same time, the use of resources must be geared toward the creation of wealth.

- That lack of governance, or the total absence of mechanisms that guarantee the application of aid toward the development of all social groups, is unacceptable.

The much more concrete implications of these ethical principles must be manifested, at least, in three great areas.

We socialists demand the right to conceive a different world, a different set of relationships, and different solutions for social problems; and more: it is necessary, as Daniel Deudney states, to convert this right into the “right of denial”, into the power to deny, to limit or to constrain the arbitrary authority in our times.

This counter-power has arisen and manifests itself in movements that demand an alternative globalization, and that have succeeded in some cases in modifying the agenda of the world’s great powers. What is inconceivable is that we socialists are not at the vanguard of this struggle, and that we settle for a mere presence, but we still have time to channel this alternative globalization in an operative manner within our European common impulse in order to create the first real protective barrier: the common tariff policy as a measure and a proposal for progress. From this first defensive position we would support the creation of other regional containment blocks, for example in Mercosur, an Asian one, an African one, etc.

In the specific field of economic questions and policies intervention would have to be made at the level of the European Union in five principal aspects:

- Promote and guarantee that the governments of the EU regain the capacity to govern over economic relationships, by limiting the diffuse power, and establishing a much more rational territorial logic that does not need to be incompatible, but rather complimentary to a form of globalization designed to optimize the use of economic resources on a global scale.

- Redefine direct and indirect taxation both at national and European levels by applying tax rates on speculative movements similar to those proposed by Oskar Lafontaine and James Tobin, so as to generate sufficient disincentives which would allow the transfer of unproductive resources toward the creation of wealth.

- Control financial funds, and particularly pension funds. And establish legal and institutional mechanisms to impede their illegal use and encourage their utilization within the aforementioned ethical framework.


Within the European Union

We socialists need to propose that the efforts in social policy of each and every member state be strictly proportional to their economy. But in this case we need to demand also a long-range, in-depth planning process to coordinate taxation in order to seek as much parity as possible, otherwise the social development of the citizens of the new member states will be endangered.

We believe the time has come for all of us socialists to present viable candidates for every election within the EU under the same banner and with homogeneous programs, but above all with common objectives. Europe is doomed to watch with impotence as its social welfare system is destroyed if we do not react now with efficiency and togetherness. We will never be able to compete economically with slave-driver nations, which will continue to grow at the same rhythm while we become poorer or become slave-driver states as well, and perhaps even adopt the American model based on brute force, making our world ever more unjust and unsafe.

At the internal level, this risk is beginning to become a palpable reality, if we observe the deterioration of pensions, the degradation of services, and especially, the inhumane state of instability and exploitation in which our youth finds itself.

The predictable outcome of an electoral confrontation between a single socialist party and the myriad parties of the European right would be devastating for the right, but also for neoconservatives the world over.


Ethics

Our German companion Oskar Lafontaine, ex-finance minister of Germany, in his book “Politics Requires Principles” accuses the government of Chancellor Gerhard Schröder of being “more papist than the Pope in his belief in the neoliberal dogmas”, and of taking in “opportunists and renegades” into its party membership.

In his words: “Reformist governments frequently fail due to the opportunists and renegades in their ranks. The opportunist takes pleasure in currying the favor of the powerful, while the renegade adopts the beliefs of his adversaries and defends them forcefully. After the neoliberal turn of Schröder’s government in 1999, the old upward redistribution of wealth was reintroduced. Voters could not understand”.

We believe, with Lafontaine, that renouncing our principles, our socialist ethic, not only makes it difficult to win elections, but also, and worse, when we do win, we become incapable of implementing true social democratic proposals. The recent perversion of German social democratic ideology is evident. When Lafontaine’s successor as head of the Finance Ministry eliminated taxes on sales of company stock, and substantially reduced company taxes, Lafontaine reasonably commented that “businesses have never been so generously treated by a German government”. This makes it impossible to win elections. Our friend and social democratic strategist is correct when he states that the attempt to gather votes from the so-called political center by using neoconservative policies is useless. It. Simply, because the voter prefers a party of the right to implement right-wing policies. This manifest error leads to “the proven arbitrariness and lack of orientation that lead to improvisation in which nobody is certain how to proceed”. It’s in line with his dignity but still sad, that for reasons of ideological coherence and pure ethics, Lafontaine decided to relinquish all his political responsibilities in March of 1999.

Current political parties, including in great measure the parties within the EU, are generally machines of corporate power and, often, work to serve personal ambitions camouflaged under supposed political content; places where mediocrity predominates and in which the citizen finds it impossible to see himself reflected, or integrated. All this is due to, essentially, an ethical decomposition that has led to a cynical way of thinking and being.

We propose, first, to do away with professionalism in politics within European socialist parties. To establish the criterion of excellence in the selection of internal party posts and among public servants, submitting all internal and public sector posts to a drastic limitation in terms of length.


Human capital

At the beginning of the first socialist legislature in Spain, the PSOE sent party members a questionnaire designed to gather data on the educational levels and experience of each and every one of them. This database was never used by the people who issued the questionnaire, who preferred instead to keep selecting people for posts based on personal and family relationships.

It is essential that today we repeat that initiative with absolute seriousness and establish a complete and verifiable database with the educational levels and experience of our party members, and we say verifiable in order to prevent undesirable opportunists from deceiving us once again with false data as happened with Roldán and many more. If we do this, it will no longer be so easy to disguise acquaintances under the guise of political independents, ostensibly indispensable, due to a lack of in-house human resources. In any case, the condition of sympathizer must be absolutely required, vouched-for and registered within the organization, and dependent upon the decision of the corresponding ethics commission.

We propose also that traditional evaluation methods for party membership be reinstated. We must once again demand that candidates accreditate their acceptance of socialist ideas, that aspirants undergo a learning process before being accepted and that they be examined especially from a viewpoint of their ethical profile in order to be finally recommended by at least two senior party members (with seniority to be determined but of sufficient duration). We understand that it is absolutely necessary to reinstate these traditional precautionary measures to try to prevent opportunism and the integration of undesirables as much as possible, those who intend to exercise purely personal ambitions, which carries the proven danger of promoting internal corruption. No: we are the Party of Pablo Iglesias, of Besteiro, of Giner de los Ríos and of so many exemplary beings who made it possible for us to present ourselves to national elections without a blemish, with the old slogan of “100 years of integrity”.

We propose the creation of ethics commissions at all local European socialist party branches, inspired and dedicated to ensure ethical behavior among members and especially dedicated to observe the behavior of party leaders and public officials.

We propose the elaboration of a set of radical and demanding ethical regulations, identical for all socialist parties within the EU, which allows for immediate expulsion of anyone that does not comply, counting as especially unacceptable any sign of nepotism or favoritism detrimental to the selection of the best candidates, and underlining the obligation of all socialist party members of exercising ethical behavior including in their daily, private lives. Obviously, we also propose the development of superior ethical control commissions, at every level, to avoid localized corruption.

Consequently we propose a profound ethical housecleaning involving the entire European socialist membership, establishing efficient evaluation and expulsion mechanisms to weed out all opportunists and undesirables within. We must have no fear whatsoever of reducing the number of members because, certainly, a serious ethical regeneration of European socialist parties would immediately attract hundreds of thousands of decent and progressive citizens.

Concentrating upon the Spanish scenario, we must state, sadly, that the problem of selection based on criteria other than excellence, affects the entire Spanish society and not only political parties. With few exceptions, our large companies are an embarrassing spectacle of nepotism, hiring based on friendships or relationships, and lamentable mediocrity at the highest command and decision making levels, and this state of affairs disheartens the many and excellent professionals that work at the lower levels. The problem also affects, in different measure, middle and small companies, since the family-based or buddy-based structure predominates throughout at organizational and management levels. This generalized nepotism explains, in good measure, the lack of competitiveness of our companies and the relative inefficiency of many of our institutions.

Emmanuel Kant, in his essay “Observations on the Feeling of the Beautiful and the Sublime”, when personifying integrity and honesty says, literally, “like a Spanish merchant”. Not only we Spanish socialists, but all Europeans, must recuperate our historic legacy of integrity and honesty and promote it together with the essential objective of efficiency, in public as well as in private life; the future of our societies depends on it and we consider that it’s up to us, socialists, to work to promote change preaching by example, in our daily lives and in our own organizations.

We advocate the inseparability of the associated concept of ethics and aesthetics. We exist to serve the citizenry and we are obliged to be exemplary and efficient.

We advocate the values of liberty, equality and solidarity in their classic socialist interpretations.

We propose full individual liberty, limited only by the social environment, harmoniously conjugating the rights of the citizen with the rights of the citizenry.

Because of this we are opposed to all forms of discrimination based on language, gender, sexual orientation, age, race, etc., and especially so-called positive discrimination.

We are opposed to regional policies of linguistic immersion, as they violate individual freedoms and impose a coercive atmosphere upon the citizenry, proper of dictatorships and unacceptable in a democracy.

We propose equality in its fullest sense. All European citizens are necessarily equal in their rights and our essential objective is to ensure levels of complete equality of opportunities for all. Consequently we declare ourselves adversaries of peripheral nationalisms, as we understand them to be absolutely contrary to the aims of European socialism. As Mariano Fernández Enguita described recently, “Basque or Catalan separatism, like that of industrial Padania or oil-wealthy Scotland, is an antiegalitarian movement, as the intention is to appropriate definitely and exclusively a body of resources that unexpected luck or shared history have concentrated upon that territory. And we’ll not speak about their insulting pretensions of racial or historic superiority”.

We support the creation of an European public education model based on criteria such as uniformity and essentialness. In reference to mandatory education, we must separate that which is essential from that which is complementary in education, focusing our efforts on in-depth teaching of essential subjects, differentiating core assignments, assigning to them the time and dedication they require and relegating complementary subjects to adequate allotments of time and effort, and even eliminating some assignments considered mandatory if and when it becomes necessary to do so. For this purpose, and due to localization and practicality, English as a foreign language and computer skills must be enormously reinforced, making sure our student citizens have at their disposal immersion programs in the English language; in today’s Europe, as well as tomorrow’s, a citizen lacking in English and computer skills is perfectly, functionally, illiterate.

For these reasons, the Masdemocracia Commission urges every socialist to join this project, support and promote or criticise and change it, by using all available technologies starting with http://www.masdemocraciapuntocom.blogspot.com/

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